El arte de cocinar es parte notable de la identidad de los pueblos afrocolombianos. La sazón de la comida de los litorales y de los valles en donde habitan se destaca por la fina mezcla de aromas y sabores combinados con sensibilidad e imaginación. Sus cocinas se engalanan con toda clase de utensilios, elaborados especialmente para cernir, rayar, escurrir, moler, picar, adobar o servir. Bateas, pilones, rallos y susungas danzan entre las manos de las mujeres afrocolombianas para deleitar cada día con sus arroces encocaos, alegrías de millo, quesos fritos, rondones y mil delicias más.
La riqueza vegetal y animal de las regiones habitadas por los pueblos afrocolombianos se refleja en sus dietas cotidianas. Las preferencias culinarias son tan variadas como los mismos ecosistemas en los cuales han desarrollado sus culturas. No obstante esta inmensa cobertura geográfica, ciertos gustos, aromas y modos de preparación son comunes entre la gente afrocolombiana que habita lugares tan distantes entre sí como el Archipiélago de San Andrés, en el Caribe, y Guapa, en la costa Pacífica de Nariño. Permanencias de memorias antiguas, sin duda ligadas al África y al periodo esclavista, en el cual la dieta alimenticia era en buena parte controlada por los amos. Innovaciones e incorporación de productos, sabores y olores adoptados en el contacto con otras poblaciones. Bosques, ríos y mares figuran como los principales escenarios de aprovisionamiento, lo mismo que las tierras cultivadas y los pastizales en donde crece el ganado.
SABORES Y OLORES AFRICANOS
En el África occidental y central, de donde procedía la gente que llegó al puerto de Cartagena de Indias a partir del siglo XVI, predominó la agricultura extensiva, realizada con sofisticados instrumentos de labranza fabricados en hierro. Entre los más importantes estaba la azada, empleada en las labores de tala y quema. También practicaban la irrigación para lograr buenas cosechas en tierras áridas. En muchos casos estas actividades se complementaban con la ganadería. En las mesetas y lagos del África centro-oriental la dieta estaba basada en proteínas provenientes de la carne de animales de la caza y la pesca. También se consumían vegetales y, en las partes periféricas de las tierras bajas y zonas boscosas del África occidental, incluyendo la línea ecuatorial, la dieta se fundamentaba en almidón con suplemento de proteínas de la caza y la pesca.
La base del régimen estaba constituida por tres cereales autóctonos: el mijo, el sorgo y un arroz silvestre, domesticados entre las actuales Nigeria y Senegal tal vez 500 años antes de Cristo. Ellos son responsables de aportar a la dieta glúcidos y prótidos vegetales. Entre las legumbres; los garbanzos y lentejas, así como las calabazas, berenjenas, coles, pepino, cebolla, ajos, y algunas frutas como melones, sandías, tamarindos, granadas, bananos, limones, naranjas y hacia el sur la palma aceitera. El ñame fue domesticado en tres variedades: ñame grande, blanco o de Guinea y el ñame amarillo.
Para endulzar los africanos utilizaban la miel y la caña de azúcar, introducida por los árabes en el siglo XI. Consumían poca sal y, entre las especias, la pimienta y el jengibre. Las grasas más empleadas eran de origen vegetal, provenientes de la palma de aceite y del sésamo o ajonjolí. Como utensilios de cocina, las piedras de moler para majar, los morteros de madera (pilones), cuencos de calabaza, odres, cuchillos de hierro y el empleo de ollas de barro cocido.
Después del descubrimiento de América, el régimen africano también se enriqueció con la introducción de cultivos del suelo americano que, como la yuca, variaron la costumbre del consumo de cereales, la batata y el maíz, alimento básico a los largo de las riberas del río Senegal.
ALIMENTACIÓN DE LA GENTE AFRICANA EN LOS AÑOS QUE PREDOMINO LA ESCLAVITUD
Los barcos negreros que pasaron al Nuevo Reino de Granada durante todo el periodo de la Colonia se distinguieron por la inadecuada alimentación que ofrecían a los cautivos. La mayoría de los autores coinciden en que por lo menos el 26% del total de africanos que eran embarcados en los puertos africanos no llegaban a América. Además de los malos tratos y las inexistentes condiciones de higiene morían a causa de la pobre dieta de agua, harina y arroz que les dispensaban sus captores, insuficiente, por supuesto, para soportar la escabrosa travesía.
Más tarde, el régimen alimenticio de la gente africana que vivió en las plantaciones, las haciendas, los ingenios y las minas americanos se baso en los productos locales. Los amos guiados por su racionalidad económica aseguraron un mínimo vital a los esclavizados casi siempre de alimentos ricos en carbohidratos. Se estableció la costumbre de darles un trago de aguardiente de caña. También la masticaban, sorbían su jugo o lo tomaban caliente de la que estaba en proceso en las grandes pailas. Comían la raspadura adherida, y también tomaban miel de purga, práctica usual aplicada a los esclavizados que laboraban en las plantaciones y en ingenios de Brasil y Cuba.
Entre los alimentos de consumo de lo africanos en el Nuevo Mundo se encontraba la carne salada conocida como tasajo; producida durante la primera mitad del siglo XVIII en Cuba, Río de la Plata, Montevideo y en las haciendas trapicheras del sur-occidente colombiano. El bacalao de Noruega, era otro artículo de alto consumo en las plantaciones caribeñas. Durante este periodo la batata y el arroz constituyeron la base de la alimentación entre los esclavizados en Cuba. También consumían malanga, raíz amarilla parecida a la batata, nombrada en otras partes ocumo, se comía mezclada con tasajo. En el almuerzo recibían maíz hervido, que machacaban con tomates silvestres, plátano y hortalizas. El pan de plátano, en forma de tajadas, de tostones o de bollos era de uso corriente en su dieta.
Los alimentos básicos de la población de origen africano en las islas francesas eran la yuca, consumida casi siempre en forma de casabe, los plátanos, fríjoles, papas y carne o pescado salado que condimentaban con exceso de picante. En las colonias inglesas su alimento de rutina era la harina de maíz, plátano, ñame, coco, batata, fruta de pan y fríjoles acompañados con regularidad de carnes o pescados salados.
En Brasil en una hacienda cafetalera, alimentaban a los esclavizados con caraotas, atole de maíz, maíz jojoto, harina de cazabe, a razón de medio kilo por día; cará, una raíz comestible; batatas, ñame, bananos, ahuyamas, naranjas, algo de tocino y de carne seca o fresca.
Antes de 1851, fecha de la abolición de la esclavitud en Colombia, los africanos y sus descendientes habían resistido escapando de las casas de sus amos. Vivieron en los bosques y en las montañas y fundaron pueblos fortificados llamados palenques. Allí los cimarrones, desarrollaron una tecnología agrícola que les permitía cultivar la yuca, ñames, papas y otros tubérculos, bananos y plátanos, arroz, maíz, frijoles, ajíes, caña de azúcar, diversas legumbres, tabaco y algodón.
Durante la Colonia, la gente afrocolombiana logro adaptarse a los nuevos territorios y comenzó a beneficiar de las actividades de caza y pesca. Queda claro que complementario a la dieta o ración que les dispensaban los amos, los africanos y sus familias consumían manatí, guaguas, sahínos, conejos, armadillos, tatabras, venados, dantas, guacharacas, pavas, loros, guacamayas, torcazas, “diostedeces”, “pechiblancos”, “corcovaos” y todo tipo de animales de pelo, pluma y escama, propios de estas regiones tropicales.
HERENCIAS CULINARIAS AFRICANAS EN EL CONTINENTE AMERICANO
El aporte africano a la alimentación de los pueblos de América, está asociado al hecho que la culinaria que llegó del África occidental estaba ligada con prácticas religiosas desde tiempos remotos. Así los espacios sagrados de los primeros esclavizados en América se habrían convertido en redes de transmisión de saberes acerca de ciertas formas de preparación de las comidas. En los documentos dejados por la Inquisición de Cartagena, en donde se realizaron numerosos juicios contra los africanos, hay menciones de las comidas que se realizaban en las juntas. Éstas eran reuniones que realizaban los esclavizados en medio del monte lejos de las casas de sus amos. En los alrededores de la ciudad de Cartagena de Indias hubo numerosos sitios de encuentro: Manzanillo, Manga, el arrabal de Getsemaní. En esta región del Caribe colombiano, la gente africana consumía el al-cuz-cuz es decir sémola de trigo cocida al vapor. Los documentos no hablan de la manera como se preparaba. También comían plátanos y bebían vino.
No obstante la diversidad regional de la alimentación de los descendientes de los africanos en las Américas, subsisten prácticas culinarias comunes a toda el área Afroamericana. Y además estas mismas prácticas también se llevaban a cabo en la cocina africana.
Entre las más destacadas se encuentran el uso de diversas clases de sofritos que se caracterizan por ser elaborados grandes cantidades de aceite encargadas de dar el sabor. También se encuentra el gusto compartido por el ají, el jengibre, y toda clase de pimientos o raíces picantes. El tratamiento de granos mediante cocción y pilado como base para aderezos de pescado, carne salada o carne de cerdo también aparece en todas las regiones afroamericanas del continente. Del mismo modo que el placer de las ventas callejeras de comida que hacen el encanto y la gracia de ciudades como San Salvador de Bahía (Brasil), Cartagena de Indias (Colombia), o La Habana (Cuba).
Los sofritos
El uso del sofrito es corriente en todas las culturas afroamericanas. Se trata de una preparación de base para cocinar que se utiliza tanto en África como en América. En ambos continentes se trata de una salsa frita en aceite, preparada con cebollas, ajos, pimiento, ajíes y tomates, coloreada con achiote en América, o con aceite de palma en África.
El sofrito caribeño se parece mucho a la salsa ata de la cocina yoruba, de Nigeria occidental. Pero el uso de estas salsas difiere en ambos lugares. En el Caribe, el sofrito es una base para cocinar otros alimentos como el arroz, la carne y el pescado, en la misma cazuela. En Nigeria, la salsa ata, se vierte sobre preparaciones hechas con harina de ñame, de yuca y de otros cereales.
El uso del aceite de manera generosa en la preparación de todos los alimentos prevalece en salsas y guisos. El aceite de palma además, de ser excelente para cocinar servía para ungir el cuerpo y para la iluminación.
Especias, ajíes y tabaco
Entre los productos alimenticios más utilizados en África se hallan los picantes en sus más diversas variedades: el pimiento nativo y una variedad importada de Europa. La semilla del Paraíso, una variedad de ají que se saca de las semillas de una planta africana de olor excitante que crece en las selvas. El ají además de ser aromático provee al organismo de vitaminas en gran cantidad de vitamina C. Desde tiempos antiguos ha hecho parte esencial de la alimentación de las poblaciones del Congo. Donde también utilizaban variedades de pimienta y jengibre como fuertes aromatizantes y acompañantes de todas las comidas. A las cuales les añadían tabaco. La utilización de la pimienta, el anís, los clavos y la canela; así como las variedades de ají con particulares preparaciones son comunes entre todos los pueblos afrocolombianos.
Frituras y mezclas
Hay ciertas costumbres atribuidas a los africanos que han prevalecido en tierra americana, como la de freír los plátanos, o la de realizar ciertas mezclas entre legumbres y pescados, arroz con fríjoles, tan frecuentes entre los pueblos afroamericanos y afrocolombianos.
Cocciones y hervidos
También se han encontrado métodos afines en América y África, de cocción, hervido, asado a fuego directo, frito y cocinado al vapor. Este último sistema se emplea de manera frecuente en los litorales colombianos. El procedimiento de cocción al vapor se realiza con hojas de plátano que sirven para envolver el alimento que se desea cocinar.
Bebidas
En el África occidental la bebida por excelencia es el vino de palma. Este se elabora con la savia de la palma aceitera. Para recuperarla se hace una incisión en el cogollo más alto en donde se coloca un recipiente dispuesto para recogerla. Luego se deja fermentar teniendo mucho cuidado de que no se vinagre. Luego se conserva en calabazas en un lugar fresco y se consume en momentos de jolgorio o de fiestas familiares. También se prepara la cerveza de millo. En Colombia, el consumo de bebidas fermentadas es frecuente entre las poblaciones afrocolombianas. El la costa pacífica se prepara el biche, bebida fermentada de caña. También se preparan chichas de maíz y en el Archipiélago se fermenta el tamarindo para lograr bebidas picantes y refrescantes.
Sabores
Las principales categorías de sabores de las culturas africanas y afroamericanas son: lo simple que es aquello que no tiene sazón, que carece de sal, como la yuca y el ñame cocinados o a la brasa. Luego está lo salado, lo dulce o azucarado y lo amargo. Amargo es el sabor de ciertas frutas sin madurar y lo agrio es como el sabor del tabaco masticado. Lo ácido está en las bebidas fermentadas y lo picante opuesto a lo simple es el sabor que quema. La culinaria africana y afroamericana se constituye a partir de esta particular combinación.
Tratamiento de los granos
La costumbre de remojar granos secos de leguminosas para luego pelarlos y molerlos crudos, agregándoles ajos, ajíes dulces y picantes, friendo luego la masa en grasa para obtener pequeños bollos o frituras, es común a diferentes países de África, corriente también en América. Los yorubas los denominan akara.
En Haití los hacen con malanga o de bacalao, subidos de picante (ají o pimienta negra) y especias, se les conoce como acras. En Cartagena de Indias se llaman buñuelos y los perfeccionan, bajo el mismo procedimiento. Se usan fríjoles blancos de cabecitas negras que, pasados por la máquina de moler, se baten lo suficiente para que doren bajo la manteca caliente.
Ventas callejeras de comestibles
La venta ambulante de alimentos es una práctica muy extendida en África y también es una escena de la cotidianidad callejera en los pueblos americanos. Al inicio de la esclavitud en La Habana, el cabildo de la ciudad prohibió la venta de tabancos. Éstos eran tablas de madera que se trasladaban en la cabeza y se colocaban en el suelo, con un surtido de ciertos alimentos confeccionados por la gente africana “al modo de sus patrias”. Entre 1865-1875, pintorescas dulceras habaneras con gritos chillones y sus bandejas sobre la cabeza, ofrecían conservas de guayaba y mamey, coco rallado cocido con azúcar y un flan de leche de coco. Hacia 1838, los africanos que laboraban en el Perú eran vendedores de tamales y cocineros. En Cartagena aún hoy es tradicional la imagen de las “palenqueras”, vendedoras que llevan una batea en la cabeza cargada de abundante fruta, y dulces para la venta.
TRADICIONES CULINARIAS
El Caribe continental
La riqueza de la cocina caribeña ha tenido en el litoral marino, su mayor diversidad y fuente continua de aprovisionamiento. Es de rutina el consumo de pescados y mariscos, carnes que se complementan con la del ganado de la región.
Bases de la cocina
Aquí está presente la herencia de la tradición africana con su ñame, el guandul, la candia, la gallina de guinea, el frijolito blanco, el sofrito y el ají dulce que viajaba desde la selva chocoana hasta el Caribe. La cocina del caribe continental, con contadas excepciones y pocos cambios de una subregión a otra, tiene ingredientes similares, las técnicas de preparación y gusto que se comparten. En esta región se dan en abundancia el tomate, la cebolla en rama o cebollín, el ají dulce, la berenjena, la col, el rábano, la lechuga criolla y el cilantro, de uso corriente en la preparación de los alimentos. El espléndido aguacate mantequilla, en particular, el de la zona bananera de Magdalena. En tiempos de cosecha, es indispensable complemento en la ensalada típica preparada con tomate, cebolla ocañera, lechuga criolla, limón por vinagre, pimienta y sal.
Gastronomía del Caribe Continental
El maíz de precolombina raigambre, rinde con exceso. En las haciendas se siembran coles, bledos, lechugas, pepinos, berenjenas, escarolas, cebollas, hierbabuena, perejil, cilantro, fríjoles de muchas variedades, ajonjolí y el arroz que se logra de semillas. Los españoles introdujeron en la costa Caribe y más tarde en el resto del país berenjena, repollo, arveja, ajo, cebollín, espárragos, pepino, patilla, melón y otros productos agrícolas muy pronto americanizados, traídos desde La Española (República Dominicana) y las Islas Canarias.
La riqueza de la cocina caribeña ha tenido en el litoral marino, su mayor diversidad y fuente continua de aprovisionamiento. Es de rutina el consumo de pescados y mariscos, carnes que se complementan con la del ganado de la región. Aquí está presente la herencia de la tradición africana con su ñame, el guandul, la candia, la gallina de guinea, el frijolito blanco, el sofrito y el ají dulce que viajaba desde la selva chocoana hasta el Caribe. La cocina del caribe continental, con contadas excepciones y pocos cambios de una subregión a otra, tiene ingredientes similares, técnicas de preparación y gusto que se comparten.
En esta región se dan en abundancia el tomate, la cebolla en rama o cebollín, el ají dulce, la berenjena, la col, el rábano, la lechuga criolla y el cilantro, de uso corriente en la preparación de los alimentos. El espléndido aguacate mantequilla, en particular, el de la zona bananera de Magdalena. En tiempos de cosecha, es indispensable complemento en la ensalada típica preparada con tomate, cebolla ocañera, lechuga criolla, limón por vinagre, pimienta y sal. El maíz de precolombina raigambre, rinde con exceso. En las haciendas se siembran coles, bledos, lechugas, pepinos, berenjenas, escarolas, cebollas, hierbabuena, perejil, cilantro, fríjoles de muchas variedades, ajonjolí y el arroz que se logra de semillas.
Los españoles introdujeron en la costa Caribe y más tarde en el resto del país berenjena, repollo, arveja, ajo, cebollín, espárragos, pepino, patilla, melón y otros productos agrícolas muy pronto americanizados, traídos desde La Española (República Dominicana) y las Islas Canarias.
Entre las constantes culinarias de la región del Caribe continental tenemos las siguientes generalidades:
Bases de la cocina del litoral Caribe
El guiso caribeño corresponde al sofrito ya mencionado. Se prepara con cebolla cabezona, tallos de cebollín, tomates maduros, ajíes dulces, ajos molidos, una cucharada de vinagre, º de taza de aceite o de manteca de cerdo, sal pimienta y cominos al gusto.
El uso de la leche de cocoes importantísimo en la cocina de las costas Pacífica y Caribe, así como en San Andrés y Providencia. Esta tradición también está representada entre los pueblos del África occidental en donde se prepara el también tradicional arroz con coco.
El uso del arroz. Pasando por el tradicional arroz blanco hasta los arroces de mariscos, de pescados o tortuga, y el inmemorial arroz con coco, de ahuyama, de fríjoles, de plátano maduro, de queso, de gallina y de fideos. El arroz es un ingrediente fundamental en la mesa caribeña. Igual, sucede con la yuca y el ñame. El consumo de cerdo es de proporciones mayúsculas en toda la región y se degusta con arroz como chicharrón, guisado y salado.
Los sancochos. Los testimonios de los viajeros acerca de los hábitos alimenticios en la costa Caribe, han sido variados de acuerdo con el tiempo y el lugar, pero, ninguno ha dejado de mencionar la presencia de plátanos, arroz, yuca, queso, carne de res y pescado entre los alimentos principales. Entre sus testimonios mencionaron al sancocho como una sopa hecha de una mezcla de verduras, carne partida en pequeños trozos, compuestos de huesos en su mayor parte, bananos y yuca.
Bebidas y refrescos. Resulta difícil enumerar la totalidad de frutas tropicales. Están el coco, mango en amplia variedad, guineo (banano), guanábana, tamarindo, guayaba, caimito, mamey, anón, naranja toronja, limón, papaya, zapote, ciruela, jobo, guinda, mamón (mamoncillo), níspero, pera roja, granada, melón, piña, patilla, cañandonga, guama, uvita de playa, icaco, grosella, cacao y otras con las que se preparan refrescos frutales, chichas, dulces y una refinada repostería.
Pasteles y bollos. Capítulo aparte merece el suculento pastel o tamal de cerdo. Que se prepara de arroz con cerdo o combinado con gallina criolla. Entre las viandas preferidas están los bollos, preparación hecha con diferentes recetas e ingredientes como el maíz, la yuca, el plátano maduro y la mazorca que una vez amasados y aliñados se envuelven en tusas de maíz, se amarran con pedacitos de cabuya y se echan a cocinar en agua caliente. Los hay de angelito, variedad que se prepara con leche de coco y anís y el popular bollo limpio.
Alegrías de millo y mazamorra de plátano. Son famosos los bollos limpios, de angelito y los de mazorca, el maní tostado y las alegrías con coco y anís, verdaderas artesanías culinarias elaboradas por las mujeres palenqueras. La mazamorra de plátano consistente en plátano maduro, leche y arroz que se cocinan y luego se le agrega zumo de coco con un punto de sal y otro de dulce de uso muy extendido y muy económico para la alimentación de los niños.
Los dulces. Las mujeres caribeñas son las diosas del universo de los dulces. Su fabricación es una labor dispendiosa y de gran reconocimiento regional. Sus gustos se orientan por las preparaciones de ricas mezclas de coco, panela, papaya, piña y guayaba entre otras frutas, que hacen de los caballitos, las cocadas, el mongomongo o el dulce de mamoncillo, otras formas de entender el comer en los pueblos afrocolombianos.
Uno de los más apetecidos dulces caribeños son los cabellitos. Preparados con papaya biche cortada en tiritas o pisticas delgadas que se cocinan en agua, luego se escurren y se les agrega azúcar y tres rajas de canela, se bajan del fogón y se ponen en una ponchera y después con una cuchara se ponen a secar en una mesa. Algunos autores dicen que este dulce se puede considerar de tradición española aprendida por los africanos y sus hijos que lo tomaron como medio de sustancia luego de su liberación.
Otro dulce de uso común es el platanito en tentación. Se prepara con plátano dulce en trocitos que se lleva a ebullición sumergido en Cola Román, canela y mucha azúcar. Luego se mantiene en fuego lento hasta que se forma un almíbar espeso que recubre los platanitos.
Los utensilios de cocina. En primer lugar se encuentra el raspador de coco, el machete, los cucharones, el picador, la piedra de moler, los cuchillos y el célebre pilón, instrumento utilizado en la preparación de granos, así como otros alimentos y utensilios muy familiares en otros tiempos. Estaba labrado en un tronco grande de madera y alto con un hueco cóncavo, donde se depositaban los granos de maíz, las espigas de arroz o del millo, mientras de lado y lado, alzando las manos de madera, las mujeres pilan al ritmo de sus canciones ancestrales o al vaivén de sus nostalgias.
Manifestaciones locales de la culinaria caribeña
En la Guajira se acostumbra la tortuga frita, en arroz, en sopa y guisada. El chivo -cabrito- casi siempre consumido en cecina, es decir, una preparación consistente en carne bien relajada que luego se pone a secar expuesta a la desértica intemperie guajira, ahumándose sobre el fogón casero. Se consume poca sal, tampoco se utiliza salar la carne para su conservación, a pesar de tener las salinas de Manaure. Es indudable que el friche, es el plato clásico del preparado con vísceras de chivo picadas en forma menudita, cocida en escasa agua-sal y sofrita luego en la propia grasa del chivo la que se habrá salado un poco para evitar su coagulación. Se cocina a fuego lento hasta que la sangre se amorcille. Es un plato de almizclado sabor pero muy apreciado en esa región y también en el Cesar.
Magdalenenses y samarios, gustan del consumo diario del pescado en sencillas preparaciones: de los fritos, la mojarra con patacón, en salpicón o en escabeche, también se menciona el pargo relleno de mariscos, rebosado en aceite como plato de especial apetencia y tradicional consumo. Otras viandas destacadas son los arroces de camarón, de mariscos, de lisa y bonito, considerado el rey de los arroces marineros. Un repertorio de fritos como caramañolas (empanadas de yuca molida), butifarras, empanadas de pescado, mariscos y carne, buñuelos, chicharrón, morcilla, y en variadas preparaciones crustáceos y moluscos.
Carnes como la punta gorda (punta de anca), la posta, y el muchacho, los guisados al tomate son muy representativos en la región. Los dulces ocupan un lugar destacado y son de masiva demanda la pasta de mango o conserva de mango, la pasta de leche con coco (conservitas de leche), cocadas de panela, piña, leche, bolas de tamarindo, dulce de bananos (maduros, en crema de leche y brandy) y cabellito de ángel.
El municipio de Ciénaga en la vía a Barranquilla tiene una rica y afamada tradición culinaria muy parecida a la de su vecina Santa Marta. Son incomparables sus ostras, mojarras y lebranches. En los pueblos retirados de la costa es corriente el consumo de morrocollo y la hicotea (icotea) guisados o en arroz. Completan su dieta, el ñame, yuca, plátano, ahuyama y el popular y delicioso “calleye” de guineo verde cocido y majado con mantequilla y queso costeño blanco y salado.
La mesa popular típica del departamento del Atlántico es la fritanga. Luruaco es el municipio conocido por preparaciones como la arepa de huevo y las arepas de dulce. El arroz de lisa de atávica tradición, la pimentada butifarra soledeña, es única en el mundo, pues a la receta de los antepasados se la ha agregado la sazón del caribe colombiano. El guandul -guandulada o sancocho de guandú- es plato sensación de los barranquilleros y atlanticenses. Sus ingredientes son la carne salada, plátano maduro y verde, yuca y un guiso cargado, lo que le da un sabor entre dulzón y salado.
El arroz es un alimento básico e indispensable en la comida diaria de esta región. Se utiliza como acompañamiento de otros platos y también como alimento completo al que se le adicionan carnes, aves o pescado.
La afamada cocina cartagenera y bolivarense ha sabido incorporar el refinamiento de elementos internacionales en la preparación de sus platos en combinación con lo autóctono y la sazón de la mano de sus cocineras afrocolombianas. Es el compendio de la exquisitez y la suculencia del caribe colombiano. La gran calidad de sus pescados y mariscos se reúnen en el mercado junto con la excelente carne del ganado de la región. Se diferencia de la del resto del Caribe, por la diversidad de sus platos, la originalidad de muchos de ellos y por los matices de sus aliños utilizados en pescados, mariscos, carnes, arroces; su abundancia y creatividad en dulces y postres cuyo recetario se despliega en Semana Santa en innumerables y apetitosas preparaciones. El pescado más apetecido es el sábalo, que se prepara en leche de coco y en sancocho, tan popular como el bocachico, que también se degusta en la región costera de los otros departamentos costeños. Tampoco puede faltar el arroz de coco con titote, el peto o mazamorra de maíz. Los cartageneros son aficionados a los postres y a las recetas de sus delicados dulces de los cuales el enyucao es el rey.
La mayoría de las veces aquellas cocineras son aficionadas a los ajíes picantes o al exceso de las especias, placer que también fue usual entre los aborígenes de las Antillas.
Córdoba cuenta con una diversidad de recetas de origen campesino y que se transmiten de generación en generación y de cocina en cocina. Su actividad ganadera hace de la carne de res su principal alimento. Los pescados de mar y río tienen también gustoso y destacado lugar en la dieta cordobesa. El ñame, y la yuca son de masivo consumo. Su plato es la suculenta viuda de carne salada con suero, extendida a Bolívar y Sucre, Mompox y el sur del Magdalena. Consiste en trabar unos palitos dentro de una olla, a manera de parrilla, colocando agua a unos veinte centímetros por debajo del entrabado; sobre este se colocan hojas de bijao (bihao) y la carne desalada, yuca pelada en grandes trozos, plátanos bien maduros sin pelar –de cáscara negra– y en algunos casos mazorcas de maíz y queso; todo se recubre con las mismas hojas, se tapa bien y se deja cocinar al vapor en fuego medio sostenido medio por tres horas largas.
El casabe, especie de galleta de afrecho de yuca, con o sin queso rallado, común en Sucre, Bolívar y los pueblos costeros, es el pan de cada día. El pescado en salsa de naranja agria también es representativo y común en esta región y se conocen más de veinte formas para preparar del bocachico sinuano, alimento común en la subienda de cada año.
En Sucre la cocina es similar a la de los departamentos vecinos se basa en la carne de res y de cerdo, pescados de mar y de río, y los vernáculos ñame, plátanos y yuca. Su plato más conocido y representativo es el mote de queso, que se hace con ñame picado cocido en agua hasta estar casi desecho, se agrega queso picado en cuadritos, un generoso sofrito en el que prima la cebolla ocañera, jugo de limón y suero.
De sus dulces se destaca el exquisito mongo mongo (calandraca) que lleva mango jecho (no muy maduro), piña, mamey, batata, coco rallado, panela, plátano maduro y especies como clavo, canela y pimienta de olor. Es a no dudarlo, junto a la pasta de mango y el enyucado, uno de los más acreditados dulces del Caribe continental. También se prepara el sancocho de guandul como lo hacen en Barranquilla, pero le agregan ñame o cambian la yuca por aquel sin alterar el sabor.
A pesar de la indiscutible influencia frijolera antioqueña, en el Urabá antioqueño, son los pescados de mar y río junto con la carne de res y de cerdo la dieta preferida. Se comen acompañados de sus famosos plátanos y guineos, yuca, ñame y ahuyama.
En el Cesar, situado a unas ochenta leguas del mar se tiene preferencia por la carne de res y de chivo. El escaso pescado que se consume es de río y ciénaga (bocachico y bagre). El plátano, maíz, ñame y yuca son de uso común. Esta tierra produce coco, aguacate, guineo, plátano y muchos frutales.
Su plato preferido es el sancocho de chivo con el mismo bastimento (vitualla o recao) del sancocho costero. Otra comida típica cesarense son los fríjoles rojos con plátano maduro: exótica combinación de fríjol, plátano maduro, pimienta de olor, panela, leche y sal.
Mompox participa de las recetas que son comunes a toda la región. Entre sus platos propios se cuentan el garapacho, especie de tortilla o perico, se hace con carne de hicotea (icotea), huevos batidos, guiso costeño, sal, pimienta y vino tinto. La boronía, extendida por toda la costa, el bagre estropiao (bagre salado, guiso, huevos batidos, harina de trigo, sal, pimienta), el ponche (chigüiro) y el ternero de vientre guisado.
El Archipiélago de San Andrés y Providencia
Dispone de tierras fértiles y de un mar generoso que ofrece con facilidad alimentos en abundancia para sus pobladores. Viven de la exportación de algunos frutos como cocos, naranjas, guandul, así como de animales en pie y de huevos de pájaros marinos.
Al lado de las plantaciones (tabaco, algodón y coco) en sus diferentes épocas, se desarrollaron cultivos de subsistencia como los de maíz, batata y fríjoles. También junto a los originarios del lugar, fueron aclimatados por los ingleses otros productos como el árbol de pan, el cual llegó del Pacífico a Jamaica y luego a San Andrés.
Los isleños tradicionales han contado con una dieta basada en pescado, cangrejos, caracol o carne, cerdo, yuca, arroz, plátano, batata y pasta de harina; consumen refrescos o infusiones de mañana y tarde, preparadas con hierbas, flores, limón y azúcar, entre ellas es muy popular el agua de Jamaica, que acompañan con panecitos dulces. Uno de los panecitos más apetitosos es el Johnny Cake, preparado en forma de tortita de harina de trigo, agua de coco, aceite y mantequilla que se asa en un horno de leña.
Su deliciosa y original culinaria se basa en la extraordinaria riqueza y en la variedad de sus productos marinos. El coco, su leche y su aceite son ingredientes fundamentales de su gastronomía tropical con los que preparan pescados, cangrejos, langostinos, langostas, caracoles de diario consumo, y por supuesto el arroz frito con coco.
El plato clásico de los nativos de la isla es el rundown (rondón) y su original mezcla de pescado, caracol, cerdo salado, yuca, ñame, plátano verde, fruta de árbol de pan y dumplings –rollitos de harina de trigo, polvo de hornear y sal, amasados con mantequilla y agua–, lo hace de una suculencia incomparable. El caldo de cangrejo, las albóndigas de pescado o caracol, el patty (muelas de cangrejo). El crab’s backs es otro plato exquisito de las islas en el cual la carne del cangrejo se mezcla con un sofrito de aceite, cebolla, pimentón, ajos y sal. Luego se rellenan los caparazones vacíos con la carne sofrita y se hornean.
Otro de los platos isleños destacados es el conch, exquisito caracol de pala guisado en leche y aceite de coco, aliñado con hierbas aromáticas como el tomillo, orégano, la albahaca, pimentón rojo, cebolla, sal-pimienta. De estas comunidades se conoce el vino de tamarindo. El consumo de carne de res es escaso entre los isleños, pues se lleva del continente a precios elevados, para consumo de turistas.
En síntesis, en las islas existen sabores y sentidos propios de una comunidad que ha venido en contactos con el Caribe y Europa reelaborando y creando sus propios sabores y sentidos de identidad.
El litoral Pacífico
La gente minera del Pacífico siembra de plátano y huertas caseras y dedica parte de su tiempo a la pesca de pargo, corvina, jurel, sierra, róbalo, bagre, camarones y langostinos y a la caza de aves, iguanas, guaguas, tatabros, armadillos, chuchas y ratones de monte entre otros, base de su alimentación. Entre las frutas se encuentra el mango, la naranja, la guaba, el caimito, el ciruelo, la piña, la papaya, el aguacate, la chirimoya, la pomarrosa, la guayaba, el anón y el zapote.
En esta región gran parte los cultivos se basan en el sistema de tumba y pudre que a menudo se trabaja en forma colectiva de minga. Los cultivos básicos son el plátano, el maíz y el arroz, otros incluyen la yuca, la caña de azúcar, el chontaduro, el coco, el borojó y otras frutas. Una parte de todos los cultivos se destina a la subsistencia, y el resto se comercializan.
Abastecimiento e intercambio de alimentos
La comercialización y abastecimiento de comida en la zona, tiene lugar en los grandes centros donde llegan sobre todo aquellos productos patentados, es decir, que no se consiguen allí como la sal, el azúcar, arroz, café, enlatados, jabón, cigarrillos y otros. Desde los mares y ríos bajan los potrillos cargados con canastos llenos de jaibas, cangrejos, camarones, coco y distintas variedades de pescado que la mujeres venden por unidad o por sartas. Los sembrados de las orillas aportan los plátanos y maíz chococito, desde el Chocó comercian cocadas y conservas. De otras regiones llegan las lentejas, el fríjol y todos los demás productos de la canasta. La dinámica del mercado tiene lugar entre centros productores y centros distribuidores. El intercambio de alimentos se desarrolla a partir de los grupos familiares y de los grupos de vecindad donde los lazos de parentesco y consanguinidad constituyen redes de apoyo y de trabajo, y así los alimentos circulan entonces entre nueras y suegras, madres e hijas, cuñadas, vecinas y comadres.
Gastronomía en la costa Pacífica colombiana
Sus costas, ensenadas y bahías favorecen la proliferación de un universo de platos preparados con pescados y mariscos que constituyen la base alimenticia de los habitantes afrocolombianos y que gustan acompañar con plátano y yuca. En esta región se encuentran unas prácticas culinarias básicas. El uso extraordinario de la leche de coco, que tiene en sí misma el poder de convertir un modesto plato de arroz en una delicia apreciada por propios y foráneos. Además se utiliza del coco el afrecho y la espiga.
El refrito de uso generalizado en la costa Pacífica es una preparación que se aliña con tomates maduros, cebolla larga, cebolla cabezona, ají criollo, pimentón verde, una cucharada de chillangua picada, una cucharadita de poleo picado, dos cucharadas de aceite chiotado (bija), sal, pimienta y comino al gusto. Todo esto se muele con piedra de mano y se pone a sofreír en aceite revolviendo de manera constante hasta
obtener una masa suave.
El color de achiote. Según testimonio de un habitante de la región se prepara de la siguiente manera: se echa la pepa al agua luego de sacarla de la vaina, una vez pasados tres días se saca, se cierne y se pone a cocinar. Se le agrega sal y aceite hasta que hierve. Cuando haya hervido un poco se baja y se guarda en una botella, de donde se va sacando para las comidas.
El uso de los aliños es muy corriente. Se trata de una serie de yerbas que se incorporan a la comida para darle sabor especial. Muchas de estas yerbas se siembran en la zotea pequeño andamio situado en frente de la casa. También se hacen crecer en materas, ollas, tarros y bolsas ubicadas al lado de otras que tienen propiedades medicinales. Componentes esenciales en las preparaciones tanto dulces como saladas. Una de las yerbas más utilizadas es la albahaca.
Las bebidas se preparan con las innumerables frutas exóticas que existen tal como el chontaduro del que se prepara jugo y chicha. Para la obtención del jugo primero hay que cocinar el chontaduro, luego se le saca la pepita que tiene adentro, se le agrega azúcar, leche y se bate en la licuadora.
Una variante de la receta es agregarle banano maduro. Para la chicha hay que cocinar y moler el chontaduro, cernirlo en susunga y luego ponerlo a cocinar, cuando esté listo se le agrega dulce y se guarda en una olla durante dos días.
Otras de las frutas son el almirajó y el borojó de magnífico sabor y de diversas propiedades, con el que se preparan agradables refrescos de consumo diario.
Técnicas de conservación de alimentos
La urgencia de preservar los alimentos es una necesidad que surge de manera especial cuando hay excedentes o cuando se espera una prolongada duración de los mismos. Entre las técnicas usuales para la conservación del pescado y de la carne de los animales de monte, tanto en la costa Caribe como en la Pacífica, existen:
El ahumado, que consiste en prender el fogón y colocar la carne sobre una esterilla hecha con palitos de hoja de coco o leña, prender la leña y voltear la carne de vez en cuando. La carne tratada de esta manera puede durar hasta ocho días.
El secado, luego del despellejado y escalado de las carnes se deja en una batea de un día para otro. Después se abre y se expone todo el día al sol, se va volteando y luego de “tres o cuatro soles” se pone tiesa y se almacena en un cajón con tapa. Puede durar hasta dos meses.
El salpresado del pescado, luego de retirarle las tripas, se le agrega sal y se guarda en un recipiente tapado donde se conserva dos o tres días.
Manifestaciones locales de la culinaria del Pacífico
Entre el mosaico de sabores de la cocina chocoana goza de gran reconocimiento la longaniza ahumada, embutido de carne guisada y condimentada con especies y aliños de la localidad. De la misma zona es el biche o alcohol de caña destilado de manera artesanal; las almojábanas realizadas con harina de yuca y queso, el plátano cocido y frito acompañado con queso de leche de vaca, muy salado, también frito.
Bebidas como el jugo de guineo, colada de piña, chocolate con leche de coco, el sorbete de borojó (almirajó). Entre las sopas el caldo de dentón salpreso, el de guacuco, el caldo de queso y cebolla, el guarrú, sancocho de mulata paseadora. Como aperitivos y principios las arepas y los buñuelitos de fruto del árbol del pan, arepas de ñame blanco, el jujú, las masafritas de tuga, panochas, querrevengas, la torta de ñame y la torta de huevos de pescado. Platos fuertes el arroz atollado, arroz clavado, el bacalao de pescado seco-liso, la chanfaina, dentón o bocachico con escamas, el guiso de cogollo de palma de chontaduro y el pescado con lulo chocoano. Entre los postres el arroz con leche de coco y la jalea de árbol de pan.
Del Pacífico sur-colombiano, zona habitada por grupos afrocolombianos, se acostumbra el encocado de róbalo o de corvina con leche de coco, hierbas y sazones locales. También están los pasabocas de coco y harina, horneados al igual que las almojábanas.
Buenaventura, Guapa y Tumaco constituyen el círculo gastronómico de la región y aunque comparten muchas preparaciones siempre sorprende la originalidad y la creatividad para la manifestación de un toque distintivo en cada pueblo y lugar.
La distinción de Guapa en sofisticación de sus productos y su mercado disfruta de una variedad impresionante de alimentos que es posible gracias a la estratégica posición de esta bella población. En ella se halla una infinita variedad de pescados y mariscos, carnes de caza y magníficas cecinas que llegan en barriles desde distintos puntos del país. Uno de los platos más exquisitos es el arroz atollado de almejas.
Buenaventura tiene la sopa de piangua, entre los aperitivos, los aguacates rellenos, el cebiche de camarones o langostinos, el de pescado y el de piangua, las empanadas de pescado y los huevos de iguana. Entre los platos fuertes la cazuela de mariscos, el encocao de jaiba, el pastel de pescado, el pescado con cohombros y el pescado encurtido. Entre los postres las chancacas y las cocadas de Buenaventura.
En Tumaco se consumen como bebidas el fresco de guanábana. Entre las sopas la crema de aguacate y la de cabezas de langostino, la crema de huevos de pescado (tumbacatre), el pusandao de carne serrana, la sopa de lentejas con pescado ahumado. Como aperitivos y principios, los aborrajados de pescado, las empanadas de jaiba o camarón, ensalada de calamar y la de camarón o langostino, gato encerrado y el repingacho de pescado o de queso. Como platos el arroz con calamares en su tinta y los calamares rellenos, el encocao de chaupiza, los pusandaos de bagre, pargo o corvina.
En Barbacoas (Nariño), entre las bebidas, la poleada, entre los aperitivos y principios la calloya, el concolón y el palanzán.
En Guapa, entre las bebidas se acostumbran el jugo o aperitivo de naidí, fruto de la palma machacado con piedra, el jugo de socoromo o milpeso. Preparan caldo de gasapo (camarones o gusanos), el quebrao y el de pescado seco, la sopa de almejas y la de cangrejos y la sopa de cangrejos con arroz o pasta y el tapado de pescado. Como aperitivos y principios, la chaupiza, el fríjol tapajeño, el guiso de chaupiza, los huevos de piendé, majajas, el toyo, y entre los platos fuertes el arroz atollado: con jaibas (o cangrejo), almejas, chamberos, piangua, toyo ahumado o el de mujer; el carapacho de jaiba, los guisos: de cola de babilla, chamberos, gasapos, guagua, guatín, de huevos de sierra, iguana, de iguazas (patos salvajes), muncilla, de pate’burro, de ratón de monte ahumado, de sultán, toyo, tulizio ahumado, zorra ahumada. La rellena, tamales de cerdo, gallina, chigua, de masa de arroz, pescado, piangua, de tortuga de río y de tortuga de carapacho. Como postre, cabellitos de papaya biche.
Desde su llegada a lo que hoy es Colombia, la gente africana humanizó los entornos naturales en donde vivió. El proceso de adaptación a los bosques tropicales colombianos dio como resultado que amplias franjas de manglares del Caribe y del Pacífico, fueran transformadas en un paisaje de asentamientos humanos que siguen el curso de ríos, caños, ciénagas, ensenadas y esteros. Este hábitat sinuoso y disperso de las áreas rurales selváticas se combina con ciudades populosas de los litorales cuya densidad de población es en su mayoría afrocolombiana. Cartagena de Indias, Buenaventura, Tumaco, Turbo, Barranquilla son apenas algunos ejemplos. Sin embargo, tanto en los poblados de la selva como en los barrios urbanos, la gente afrocolombiana recrea tipos de vivienda y sistemas de organización del espacio privado y público, semejantes. Esta permanencia de estrategias de apropiación y transformación de los espacios de vida atiende a las exigencias de la familia extensa y se apoya en las redes de solidaridad que aseguran la sobreviviencia de cada uno de los miembros de las parentelas. Por otra parte, el triunfo de la creatividad y de la capacidad de adaptación de estos pueblos deslumbra en su arquitectura y en la delicada ornamentación que la acompaña.
La arquitectura es una de las más preciadas expresiones de la cultura y de la historia de una comunidad. Es una referencia espacial de la memoria. Es por ello que el paisaje urbano y rural, sus parques, plazas, casas, calles encierran códigos muy especiales de la identidad cultural de los afrocolombianos. Su estudio también permite comprender que a lo largo de la costa pacífica o caribeña existen subregiones culturales cuyas diferencias también se escenifican en la forma de los poblados y en su arquitectura.
Cuando de llevar a cabo una obra se trata, la gente afrocolombiana conforma equipos comunales que, además de las faenas de la construcción, comparten alegría, comida y licor. Diferentes acciones y obras se logran en virtud de las relaciones laborales y sociales basadas en la solidaridad y el trabajo en común. La construcción de viviendas, de casas comunales y el arreglo de caminos se cuentan entre ellas.
En las aldeas típicas de pobladores afrocolombianos, las actividades domésticas se realizan en los espacios colectivos: la calle, las zonas comunales y el solar. En estos espacios apilan el arroz y el maíz, secan la ropa y el pescado. El río ha sido el lugar tradicional de encuentro de las mujeres lavando la ropa y la loza, oficios animados por largas y animadas conversaciones. No obstante estas semejanzas respecto a la vivencia del espacio, el hábitat y la arquitectura afrocolombianos son tan diversos como las regiones en las cuales se han desarrollado sus culturas. Así por ejemplo en el Archipiélago de San Andrés y Providencia las viviendas guardan claras similitudes con la arquitectura de las grandes Antillas anglófonas. Por su parte, en el Pacífico sur colombiano, la vivienda sobre palafitos asegura el hogar de las inclemencias de las grandes mareas.
El Litoral Caribe
Los sistemas rurales y urbanos del Caribe se han moldeado al ritmo de las crecientes y sequías en los valles fluviales y de los flujos y reflujos del mar. Las aldeas más antiguas y las ciudades más modernas se transforman atentas a las interacciones entre los ecosistemas marinos y fluviales. En el Archipiélago de San Andrés y Providencia, la fragilidad coralina, los tornados y la insularidad también tienen que ver con sus propios paisajes.
La vivienda afrocolombiana rural caribeña se realiza en madera con techos de palma. Estas casas tienen solares en donde se halla la cocina y están rodeadas de empalizadas. Esta misma estructura se conserva en las ciudades aun cuando la madera y la palma sea reemplazadas por ladrillos y tejas de zinc. Se sabe que a principios de siglo XX en Necoclí (Córdoba) las viviendas eran sencillas construcciones de palma amarga. El techo y la armazón eran en caña de flecha armada con bejucos. Las paredes se cubrían con caña de flecha y una mezcla de arena y estiércol de vaca. A partir de 1955 estos materiales fueron reemplazados por los ladrillos y cementos que llegaban de Cartagena, la piedra que provenía de Tortuguilla y Puerto Escondido y la gravilla procedente del poblado de Zapata.
Pero además de la relación entre naturaleza, hábitat y arquitectura, factores económicos y políticos han incidido en la configuración de los espacios de vida de la gente afrocaribeña.
El caso de la región caribeña del Urabá es bastante útil para comprender los impactos de las políticas económicas en la transformación de los paisajes. A principios del siglo XX, esta región recibió oleadas masivas de inmigrantes que precedían del departamento de Bolívar. Al mismo tiempo llegaban personas de los ríos del Chocó para instalarse en las zonas fronterizas con Panamá. Había comenzado la construcción del canal. Años más tarde hicieron su aparición los primeros enclaves económicos con capital extranjero. Se trataba de la agroindustria del banano, y de la caña de azúcar. Ésta última se procesaba en el ingenio de Sautatá (Chocó). Estas actividades económicas incentivaron flujos de población chocoana hacia la región y fueron surgiendo nuevos asentamientos en la toda la zona del golfo. A lo largo de todo el siglo XX, procesos de migración laboral de las comunidades afrocolombianas comparables al anterior han dejado huellas en la arquitectura de los lugares en donde habitan de manera permanente o temporal. El color y la ornamentación de sus viviendas decoran la zona bananera, los pueblos costeros de pescadores, la región algodonera y las grandes ciudades del Caribe colombiano. Estos atributos hacen parte constitutiva de su estética.
Y ésta no sería como es si no fuera por la omnipresencia del mar Caribe y sus diálogos con ríos caudalosos e islas coralinas. Estas antiguas relaciones del agua salada con el agua dulce han forjado manejos ambientales, espaciales y estéticos propios de culturas cuya identidad se define respecto al mar. Los hábitats y arquitecturas caribeños se ordenan en función de distancias que no se desenvuelven en tierra firme sino en el tiempo propio de la navegación. Este hecho particular hace que el poblamiento y las tipologías de asentamientos caribeños estén casi siempre definidos respecto al agua, a su cercanía o distanciamiento respecto al sitio de habitación.
El río Magdalena y el Canal del Dique son dos grandes protagonistas de la región. Desde finales del siglo XVII, el Canal del Dique representó una nueva vía para unir el mar Caribe con la tierra firme. La vía natural hasta entonces había sido la desembocadura del río Magadalena en las Bocas de Ceniza, que lamentablemente quedaban muy alejadas de Cartagena de Indias, principal puerto comercial del territorio de la Nueva Granada y del imperio español. Estas vías fluvial la una, natural la otra, fruto de la ingeniería española colonial, representan salidas directas desde la tierra adentro hacia el mar Caribe, que conecta a la región y al país con el mundo exterior.
A nivel regional, existen numerosas redes de intercambios de mercancías, productos agrícolas, animales y personas que se transportan entre los poblados fluviales ribereños. O entre éstos y las poblaciones costeras que se hallan al borde del mar. En ambos, el pescado, el arroz y el plátano se comparten por igual. Las culturas que se han desarrollado en estas regiones han sido llamadas anfibias porque la vida cotidiana de sus habitantes es un eterno vaivén entre el agua y la tierra. Las crecidas de los ríos Magdalena, Cauca, Sinú y San Jorge inundan las tierras sabaneras alejadas de los litorales.
Este hecho natural ha obligado a los moradores de las riberas a crear sistemas adecuados que les permitan salvaguardar sus vidas y patrimonios cuando el agua desborda sus límites. Las casas son construidas de tal modo que en su interior se pueda colocar una especie de balsa en el momento en que suben las aguas. En la balsa se colocan los enseres personales y las personas donde estarán a salvo hasta que los niveles del agua desciendan.
Por su parte, la gente de las costas ha aprendido a protegerse de los vientos fuertes o de los tornados que atacan pueblos y ciudades procedentes de alta mar. La solidez de sus sitios de habitación debe garantizar esta salvaguarda.
Tipos de asentamientos
Los asentamientos lineales costeros son pueblos antiguos dispuestos de forma lineal a las playas. En caso de estar situados en pequeñas bahías adquieren un carácter semicircular arropando así la pequeña ensenada que abriga el poblado. La playa y pequeñas plazoletas componen el espacio público que es tanto de uso familiar como colectivo. En algunos pueblos existe una pequeña capilla situada al final de la plazoleta. Los asentamientos mixtos son poblados construidos en la confluencia de ríos o quebradas y el mar. Fluviales y costeros, comparten la cercanía al agua dulce y al agua salada. Los estudiosos de este tipo de hábitat afirman que estos asentamientos surgieron como poblados fluviales situados casi siempre en las desembocaduras de ríos o quebradas. Y sólo poco a poco se expandieron hasta alcanzar la proximidad de la costa. La forma como esta distribuido el espacio en estos poblados deja ver la combinación de herencias españolas que se expresan en el damero rectangular con manejos de espacios privados de claro acento africano.
Muchos pueblos afrocaribeños están organizados siguiendo la cuadrícula española compuesta por las cuadras y las manzanas, en cuyo centro se halla una gran plaza, lugar de la alcaldía y la iglesia. Pueblos antiguos fundados desde el siglo XVII, como Barú, Santa Ana, Tolú, y otros como Puerto Escondido, San Bernardo del Viento, o los de gran tradición de pesca como Taganga presentan esta disposición del espacio público. Sin embargo, al entrar en la intimidad de una residencia el espacio se transforma. Los ámbitos de la vida familiar y social giran alrededor de la cocina situada en el solar de la casa. En las casas de la gente afrocaribeña en Colombia, la cocina es una edificación aparte del resto de la vivienda. Casi siempre se trata de una sólida enramada, con techo de palma sostenido por troncos de madera. Es el lugar de reunión por excelencia y centro de transmisión de valores e informaciones básicas sobre la identidad. Al igual que en el África occidental, los solares en donde se hallan las cocinas son lugares de sombra gracias a sus árboles. En los días calurosos del trópico, el solar representa un refugio de frescura y de encuentro. La presencia del árbol en los espacios privados de las familias afrocolombianas es de gran significación puesto que para sus ancestros africanos, el árbol es símbolo de la memoria familiar. Debajo de grandes ceibas, manzanillos u otras especies, las mujeres y los ancianos afrocolombianos han trasmitido a sus hijos todo cuanto saben sobre el mundo y sobre el más allá.
El Caribe no sólo es un espacio de confluencias entre los ríos y el mar. Allí también han convergido personas de muy diversos orígenes. La presencia de grandes zonas de interacción entre gente de origen africano e indígena es una de sus características más importantes. Córdoba, Sucre, César, La Guajira son departamentos cuya población es en gran parte afro-indígena. Ganaderos y agricultores, pescadores de agua dulce, la gente sabanera tiene una larga tradición arquitectónica que combina los conocimientos ancestrales de los indígenas y los africanos. Lamentablemente no existen estudios sistemáticos sobre estas tradiciones. Es evidente que sus contactos remontan a los tiempos de la Conquista. También es claro que las tradiciones culturales afro-indígenas poseen rasgos que las diferencian de los pueblos de ascendencia africana que se tuvieron mayores contactos con los europeos o entre ellos, como es caso de ciudades como Cartagena de Indias o numerosos pueblos de ganaderos, agricultores y pescadores afrocolombianos de la región.
Existe otro tipo de asentamiento costero que a diferencia del anterior se caracteriza por haber surgido a orillas del mar de donde sus habitantes obtienen los recursos necesarios para vivir. La vida cotidiana de estos pueblos costeros transcurre en la playa, espacio público por excelencia. Debido a los movimientos de población de las áreas rurales sabaneras hacia las costas, estos pueblos han crecido y sus estructuras urbanas originales se han ido transformando. Por eso se habla de ellos como asentamientos costeros complejos. Una de las mayores transformaciones de estos poblados consiste en la introducción de edificaciones institucionales como colegios, canchas, hospitales, alcaldías. Lamentablemente en muchos casos no se respeta la arquitectura tradicional.
El Palenque de San Basilio
El Palenque de San Basilio es un poblado fundado por cimarrones quienes al mando de Domingo Biohó huyeron al monte para recuperar su libertad. Estos hechos sucedieron en el siglo XVII, en lo que hoy es el municipio de Mahates (Bolívar). Los rebeldes se ubicaron en los pequeños valles de los Montes de María. Su elección estuvo relacionada con las abundantes lluvias que bañan la región nutriendo los caudales de los arroyos que proveían y aún proveen de agua a sus habitantes. El arroyo Caballito es un lugar de gran importancia para la cultura palenquera. Allí han encontrado la manera de satisfacer sus necesidades como el baño y el lavado de la ropa. Pero el agua que se utiliza para el hogar y la alimentación no se toma directamente de la corriente. En los playones del arroyo, las mujeres cavan pocitos llamados cacimbas. Gracias a la filtración se llenan de agua más cristalina que las mujeres transportan en unos cilindros de latón.
Las casas del Palenque se construyen hoy con palma amarga, lata y bejuco malibú. Antes de la Guerra de los Mil Días (1899-1902), las manzanas del lugar contaban con un mayor número de casas. Pero el paso de tropas del general Jaramillo incendió todo el poblado en represalia por la ayuda que sus moradores le habían prestado al general Robles, jefe de un batallón hostil al gobierno. Ese mismo día incendiaron a Plan Parejo, situado en la mitad del camino que conduce de Palenque a Malagana, donde existían alrededor de unas sesenta casas de pobladores afrocolombianos.
A raíz del título mundial de boxeo obtenido por Pambelé en 1974, el gobierno instaló el servicio de energía eléctrica en la población y en 1978 se inauguró el servicio de acueducto cuyo funcionamiento esporádico no ha cambiado las costumbres de ir al arroyo para lavar la ropa y conversar. La construcción del coliseo de boxeo fue otra de las obras que dejó el campeón mundial en San Basilio.
En 1979 el poblado tenía siete calles, dos de las cuales salen de una inmensa plaza, en cuyo cementerio se encuentra en la entrada de la población. Para esa fecha existían 308 viviendas construidas en bahareque.
La casa típica palenquera es de planta rectangular con techo a cuatro vertientes. Todo el material utilizado en la construcción lo suministra el entorno. El techo es de palma amarga y las paredes de lata, las cuales se colocan verticalmente, bien acopladas y sujetas con bejuco malibú a varas gruesas y dispuestas de manera horizontal. En términos generales recubren las paredes interiores y exteriores con una mezcla de estiércol con arena.
Es costumbre en el lugar que la construcción de la vivienda esté bajo la dirección de un maestro de obras y lo usual es que tal labor se lleve a cabo en forma comunal.
El Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina
En tiempos de los asaltos de los piratas a la isla, los africanos fugados de las plantaciones se ubicaron en las partes altas del lugar. Vivieron en casas que armaron con bejucos, ramas, hojas de palma de coco y mangle y madera.
Las viviendas típicas del archipiélago corresponden a un estilo de marcado acento afroanglo- caribeño. Estas construcciones se hacen en madera de pino machihembrado la cual es importada de Nicaragua o del sur de los Estados Unidos. Su montaje se hacía mediante trabajo compartido entre familiares y vecinos. Más de la mitad de las casas estaban pintadas de blanco, predominando los acabados en colores vivos, que imprimen un toque pintoresco al paisaje. La ornamentación es refinada y sus adornos llaman la atención por la delicada combinación de sus colores. Las casas se edifican casi siempre sobre pilotes o troncos de árboles, en soportes de concreto o en bloques de piedra basáltica como en Providencia. Levantar la casa permite aislarla de la humedad. Estos pilotes las levantan del suelo de 0.60 a1.2 metros. Se encuentran ubicadas entre las palmas de coco, a la vera de los caminos o en la orilla del mar. Los jardines y antejardines, en ocasiones encerrados con cercas vivas, están sembrados con flores ornamentales del trópico. También tienen árboles de mango o de naranjo que crecen silvestre. El balcón es el sitio de descanso, hecho para disfrutar de la brisa y de la sombra, ver pasar el día desde las hamacas y reunirse con los vecinos, son estas algunas de las razones por las cuales se continúa con la tradición de construir el balcón, que se ubica en la parte anterior o alrededor de las viviendas. Las residencias tradicionales han ido desapareciendo con la migración de gente del continente que llega atraída por el comercio del puerto libre.
La casa afrocaribeña de las islas
El equilibrio entre la arquitectura y la naturaleza resulta de la unión perfecta entre los colores de la vegetación y los tonos vivos de las fachadas. La vivienda típica afro-caribeña de San Andrés y Providencia responde a las exigencias de un clima húmedo y de altas temperaturas, que decolora las fachadas y que hace necesario pintarlas a menudo. Además, su solidez le permite salir bien librada de la acción de tormentas, brisas y fuertes lluvias tropicales.
El estilo de casa más popular es de planta rectangular, de madera machihembrada que se coloca de manera horizontal en las paredes. El espacio interior se divide en tres o cuatro compartimientos. Posee una puerta de entrada en el centro, con frente a la calle y grandes ventanas.. El eje de la cerca del techo va paralelo a la calle, de tal manera que las culatas quedan hacia los lados. Los techos de paja de otro tiempo, han sido reemplazados por tejas de zinc o eternit corrugadas y también por tejas de madera. Los canales que recogen las aguas lluvias del techo, descargan directo en cisternas, en su mayoría de concreto, pues también las hay de madera como barriles gigantes, localizadas en la mayoría de los patios frente a las culatas de las casas.
La adopción del concreto y bloques de cemento como materiales de construcción amenaza con desaparecer el llamativo estilo arquitectónico tradicional de las Islas. En estos materiales ya se han construido, numerosas casas para la atención de servicios públicos como escuelas, el hospital, el Instituto de Seguros Sociales y numerosas edificaciones para hoteles, teatros y almacenes de todo género.
La isla de San Andrés se encuentra bordeada por una carretera, llamada de circunvalación, que la recorre en medio de una arboleda de cocos. Hacia el norte se encuentra el aeropuerto, en la misma vía se encuentran los restaurantes típicos y la fábrica de grasas. Bordeando la costa oriental se llega a San Luis y después al Apostadero Naval.
El Litoral Pacífico
El poblamiento del Pacífico colombiano se realizó en múltiples oleadas que pueden catalogarse en dos grandes ciclos. El primero es el llevado a cabo por las culturas amerindias las cuales desde el siglo XVI comenzaron a decaer bajo el impacto de las operaciones militares españolas. El segundo, ciclo calificado como afroamericano, se inicia en el siglo XVII cuando los españoles dominan a los pueblos indígenas quienes les hicieron la guerra por más de un siglo para defender sus territorios. Vencidos son ubicados en las cabeceras los ríos principales y de sus afluentes, mientras que en las orillas de los ríos principales, los españoles levantan campamentos mineros con trabajadores africanos y sus descendientes. A partir del siglo XVIII, las familias esclavizadas comienzan a comprar sus cartas de libertad y sus amplias parentelas empiezan a migrar en busca de nuevas tierras en donde instalarse lejos de sus antiguos amos. Esta expansión territorial de los afrocolombianos de entonces los llevó a instalarse en regiones como el Alto Baudó en abandonaron sus prácticas mineras por la agricultura, la recolección de moluscos y la cacería. El siglo XVIII representa un periodo de gran expansión demográfica y territorial de las poblaciones afrocolombianas en todo el litoral. Durante el siglo XIX, las leyes de abolición propiciaron nuevas migraciones de libertos en toda la región. Con el inicio de la colonización agraria y de la minería independiente impulsada por cimarrones y luego por libertos y manumisos, el poblamiento alcanzó su pleno desarrollo a comienzos del siglo XX, todo ello gracias a diversas estrategias adaptativas que idearon sus moradores a lo largo del litoral.
Desde el siglo XVIII, cimarrones, libertos y manumisos se lanzaron a la conquista pacífica de las selvas. Fundaron numerosas estancias ribereñas para el cultivo de maíz, caña, coco, arroz, yuca y plátano. Poco a poco se agruparon en pequeños focos residenciales a lo largo de los ríos, creando así un hábitat longitudinal y de vecindad que le da fisonomía al actual sistema aldeano. La concentración en pequeños asentamientos es la característica predominante del poblamiento moderno del Pacífico, Chocó y las costas del Valle del Cauca, Cauca y Nariño. La malla urbana está estructurada a partir de un conjunto de centros menores con rasgos de aldea y miles de caseríos vinculados a las áreas productivas, adscritos a cabeceras rurales que están entre 2000 y 3000 habitantes.
La gente del Pacífico, está sometida a la acción permanente de las fuerzas de la naturaleza: maremotos y lluvias torrenciales que desencadenan incendios y aislamiento de las vías. Caseríos situados en áreas de mucha vulnerabilidad, viven una amenaza permanente que cumplían funciones protectoras y de alimentación básica. Los desastres naturales generan migraciones de poblaciones enteras que se reconforman alrededor de nuevas circunstancias generalmente urbanas. El abandono de sus pueblos y tierras también llega por el declive o la quiebra de empresas nacionales o extranjeras explotadoras de los recursos naturales. Cuando se cesa la producción extractiva la gente empobrecida va a buscar nuevas posibilidades en otros lugares. Tal es el caso de Barbacoas y Lloró con sus casas de balcón y su rica arquitectura de madera símbolos de una pasado de riqueza minera hoy en ruinas. Esta misma situación vivieron los complejos mineros de Andagoya y Condoto. Sus calles y sus casas, hoy sólo son huellas de una prosperidad fugaz basada en los ciclos de bonanza y crisis de las economías extractivas.
Las políticas económicas y los ciclos de producción extractiva hacen que la tipología espacial de los asentamientos afrocolombianos del Pacífico cambien de manera constante, sufriendo en ocasiones serias rupturas que llevan a desaparecer los modelos urbanísticos autóctonos tradicionales. No obstante, sus tradiciones culturales de raíces africanas, han consolidado estos pueblos gracias a los sentimientos de identidad y de pertenencia territorial de sus habitantes.
Los asentamientos fluviales
Los asentamientos fluviales son característicos del poblamiento afro del Pacífico. La mayoría de estos pueblos se originaron como resultado del ordenamiento territorial impuesto por la economía minera colonial. A lo largo de la Colonia y durante toda la República las tasas de natalidad de estos pueblos permitieron que llegaran a ser hoy la población predominante a lo largo de ríos y quebradas. El pacífico colombiano es una región irrigada por ríos que configuran extensos deltas y una trama de circuitos acuáticos por donde es posible navegar y desarrollar múltiples actividades de intercambio social y comercial. Este paisaje permite rememorar las costas occidentales africanas, de manera especial, las costas del golfo de Guinea de donde llegaron Ararás, Carabalíes y Minas a trabajar en las minas del pacífico colombiano. Es muy posible que su memoria botánica y zoológica del mismo modo que los manejos de ecosistemas fluviales y marítimos les hubiera permitido reconstruir la cultura del agua de la cual eran portadores. De ahí que sus poblados se presenten al observador como una sinuosa trama lineal paralela a los ríos.
Esta dinámica de poblamiento afrocolombiano se conoce como sistema aldeano fluvial. Además, de su linealidad respecto al río, se caracteriza por el manejo de espacios colectivos que representan el 75% del área ocupada por las aldeas. Las viviendas son separadas entre sí. La cercanía al agua de río o quebradas o al agua del mar, las viviendas están siempre expuestas a las inundaciones. De ahí que la vivienda sea palafítica, es decir, alzada en pilotes a alturas que pueden variar de 0.60 a3.5 metros. Las casas elevadas están comunicadas por medio de puentes de madera. En la calle principal contigua al puerto sobre el río, se desarrollan las actividades cotidianas de la comunidad: el mercado, el lavado de ropa, los servicios sanitarios flotantes y el servicio de transporte. En estos poblados el río es el sitio de referencia y la vía de comunicación natural de los habitantes del lugar.
Muchos de los poblados fluviales asentados sobre los ríos Atrato, San Juan, Baudó, Telembí o Güelmambi tienen viviendas palafíticas para protegerse de la humedad, de los bichos y de las permanentes inundaciones. Las casas se comunican mediante una red de puentes que unen las terrazas. Estos puente son una prolongación de las áreas comunes de las viviendas. En ellos se realizan actividades familiares y sociales. Riosucio (Chocó), presenta un tipo más elaborado de asentamiento fluvial. Su desarrollo urbanístico lo ha convertido en centro regional. Su crecimiento se hizo por calles paralelas a la principal sobre el río hasta llegar a la parte posterior del poblado en donde se hallan las ciénagas.
El caso de los asentamientos fluviales modernos es bastante común en todo el litoral. En general la vivienda de estas pequeñas ciudades en la selva corresponde al ancho de la manzana que conforman las viviendas apareándose o dejando una especie de zaguán. Es decir que las manzanas sólo se encuentran separadas por pequeños callejones.
Los edificios institucionales de arquitectura similar a las de las viviendas, sólo se diferencian en el tamaño y son casi siempre construcciones de dos niveles. En el Bajo Baudó también se configuran los caseríos alineados a lo largo de las orillas de los ríos. Lo que es una constante en el Pacífico Colombiano.
El espacio público: lugar del encuentro
La noción y el manejo del espacio público en los poblados del Pacífico es muy intensa pues representa una extensión del espacio privado familiar. Esta apropiación social del espacio público marca de manera notable las relaciones que los particulares hacen de ese espacio. Algunos rasgos característicos de esta socialización del espacio público se refleja en la carencia de linderos, y en la ausencia de una separación clara o determinante entre unas áreas y otras.
El solar de la casa se constituye en el primer nivel del espacio social caracterizado por ser el centro de actividades de la vivienda, donde se concentran sus moradores para el desarrollo de varios oficios. Este ámbito privado e íntimo en la cual se desenvuelve la vida cotidiana de la gente afrocolombiana del Pacífico, se extiende hacia los espacios catalogados como exteriores: la terraza, la acerca y el corredor se llenan de sillas al atardecer para ver pasar a los conocidos, jugar a las cartas y comentar los sucesos más importantes del lugar. Al igual que en los solares, las casas tienen árboles de sombra sembrados para dar sombra.
De esta forma, el núcleo de habitación de la vivienda afrocolombiana es relegado a un plano funcional destinados sólo para las actividades diarias como dormir y asearse. La cocina en el solar y la terraza delantera o corredor son los espacios en donde se desarrolla la vida en sociedad.
En el caso del Chocó existe una variante de estos espacios sociales que se conoce como la paliadera. Se trata de una terraza elevada situada en la parte posterior de la casa, donde se realizan las actividades relacionadas con el agua y que antes tenían lugar en el río. Ese mismo lugar cumple la función de huerta casera. allí se encuentran sembradas las plantas y hierbas medicinales. También se extiende la ropa y se desarrollan algunas actividades de socialización. En dichos espacios se da continuidad a las actividades que se desarrollan en el río como el baño y el lavado de las ropas. Las paliaderas son espacios que se hayan en la frontera entre lo público y lo privado, dando así un toque particular a la vida en las aldeas del Pacífico colombiano.
El hábitat de esta región se articula sobre un vecindario residencial multifamiliar, embrión de un pueblo. Su subsistencia depende del cultivo en huertos caseros conocidos como azoteas situados alrededor de la vivienda. También cultivan sus colinos familiares. Allí siembran plátano, el principal alimento, cocotero, papachina, caña de azúcar, yuca ñame y frutales. Complementan su alimentación con lo obtenido durante las actividades de pesca, caza y recolección de frutos del bosque. Esta relación con el entorno describe un orden que va de los espacios domésticos a los de la vida silvestre.
Los caseríos en hilera continua ó discontinua, con solares y huertas serpentean los ríos y las costas del Pacífico colombiano. El desarrollo del comercio y las actividades administrativas se diversifican y se empieza a dar la división social del trabajo, favoreciendo la conformación de un centro comarcal que tal vez sea elevado a la categoría de nuevo municipio.
Vivienda, tecnología y medio ambiente
Las construcciones del Pacífico actuales manifiestan aportes de otros pobladores de la región. Se distinguen, los tambos de la gente embera, la casa campesina anfibia ubicada en las márgenes del Atrato y el San Juan, la vivienda de tenderos antioqueños radicados en las cabeceras municipales, las casas vacacionales de la gente del centro del país y la casa campamento originada con la presencia de empresas como la Chocó-Pacífico y la United Fruit Company. En estas construcciones tanto como en las llevadas a cabo por la gente afrocolombiana de la selva. se reconocen básicamente tres tipos de materiales de construcción: Los primeros, son catalogados como autóctonos, es decir, los materiales que se aprovechan luego del desmonte o que son extraídos del entorno inmediato. Se emplean mayor transformación o en algunos casos se utilizan con una adecuación realizada en función de la obra. Así la madera se combina con hojas y esterillas de palma, bambú o chonta, horquetas, palos redondos, cintas y varetas de cañabrava, guadua y latas de la misma.
Los materiales llamados tradicionales son aquellos obtenidos en la selva. A diferencia de los llamados autóctonos, los tradicionales son pulidos y transformados de manera en talleres familiares artesanales. Las maderas son labradas con hacha. Son de uso tradicional en la región las maderas rollizas bien cortadas y con recubrimientos de esterilla de barro. Entre las maderas más usadas se encuentran el guayacán, huino, abarco, cedro, alisal, aporrejado, aceite, corcho y también se utiliza la madera de mangle para la construcción de viviendas que levantan sobre pilotes.
Los otros materiales se conocen como industriales o modernos. Entre ellos se destacan el cemento, las tejas de asbesto y las láminas de zinc. Entre 1910-1915 las compañías extrajeras de minería como la Chocó-Pacífico difundieron su uso en la zona del Atrato. A partir de 1971, en este modelo se prolonga la cocina con la paliadera donde está instalada la llave del acueducto domiciliario recién inaugurado, y se cambia paulatinamente el techo pajizo por la cubierta en tejas asfálticas corrugadas o en asbesto-cemento de eternit.
Sistemas utilizados en la construcción
En esta región los carpinteros quienes en muchos casos se desempeñan como maestros de obra emplean maderas finas. Utilizan dos sistemas estructurales: el de estructura apoyada en el piso y el de estructura independiente del piso. De aquí parten para resolver las distintas situaciones que les plantea el oficio de la construcción.
La casa chocoana rural se distingue por el uso de horcones, plataforma en palma, lo mismo que el cerramiento, cubierta en palma. A diferencia del indígena, la gente afrocolombiana cierra completamente sus viviendas y abre ventanas laterales y una puerta central. Por lo general la estructura es de madera rolliza. Las divisiones son en madera se realiza con listones de 2 x 2 pulgadas. En un mismo poblado y aún en una misma casa, es posible encontrar mezclas de formas y materiales autóctonos, tradicionales e industriales.
Entre los problemas más frecuentes que hacen optar por nuevos materiales se ha identificado, por ejemplo, que la esterilla deja pasar el aire a través de las paredes, mientras que las tablas ofrecen más protección contra la intemperie aunque aumentan la temperatura interior de la vivienda. La cubierta vegetal refresca los interiores, pero requiere mantenimiento y arreglos continuos costosos. La cubierta metálica, es mucho más durable pero es caliente y costosa y aumenta las necesidades de ventilación y aislamiento térmico por medio de cielorraso, ventanas y celosías frontales y laterales. Sin embargo, en las áreas urbanas de población afrocolombiana de bajos recursos económicos, estas últimas se eliminan a menudo quedando las viviendas cerradas en tabla y techadas en zinc o aluminio con poca ventilación.
Así tratando de resolver algunos problemas se crea uno nuevo, el del calor excesivo en las alcobas y en la cocina, producido por el uso de zinc, además, de la falta de cielo, carencia de rejillas de ventilación y de ventanas e insuficiencia del espacio. Puede anotarse también que la prolongación de las paredes interiores y exteriores hasta la altura del cielo y de las vigas que soportan el techo, impide la circulación transversal del aire, también los cielorrasos horizontales en peine mono, muy bajos, aíslan el calor, pero reducen el volumen de aire.
De las vigas mamas a la vivienda moderna en el Pacífico
Igual que sucede en la cuenca del río Güelnambí afluente del Telembí en Nariño, en el Chocó existen unas piezas enormes de madera que se legan de generación en generación para la construcción de las viviendas. Son una vigas patrimoniales y son las primeras en rescatar en caso de incendio. Estos horcones de trúntago (variedad del guayacán) de cientos de años de edad son indicadores de oleadas de poblamiento que se originaron en el río Quitó afluente del Atrato hacia el Baudó a principios del siglo XVIII.
Sin embargo, los procesos de modernización hacen que la permanencia de la tradición se combine con los retos de la modernidad. De este modo paso de la vivienda rural a la semiurbana y la urbana se caracteriza por un proceso de transformación del predio, donde el esquema funcional y espacial cambia de acuerdo a las necesidades de la familia. La relación entre el núcleo construido de vivienda y el espacio libre que alberga las actividades de producción o interrelación de sus habitantes permite identificar etapas de mutaciones en la vivienda del Pacífico chocoano.
Con el producto de una cosecha de arroz, plátano o con el de una pesca extraordinaria, se amplían las casas. Se empieza por cambiar techo de palma por láminas de zinc o asbesto-cemento, se cierran salas o cocinas con tablas aserradas y arregla el piso.
La casa crece con agregados posteriores, laterales o frontales y con cobertizos separados, a medida que la familia o las cosechas exigen nuevos espacios de vida y producción. Levantan los aleros para tener unas áreas cubiertas para el almacenamiento de maíz, el plátano o arroz. La cocina se cierra o se construye una nueva para cambiar la destinación de viejo espacio; la cubierta se extiende hacia los lados para disponer de depósitos o más cuartos; el interior se prolonga hasta la marranera y el gallinero, el trapiche, el secadero de arroz, cacao o pescado, el embarcadero-lavadero y los cobertizos para los productos agrícolas. De esta manera cambia la vivienda de forma y volumen y se van diferenciando poco a poco las actividades y funciones residenciales y productivas.
El trabajo ornamental
La capacidad creativa de la gente afrocolombiana del pacífico se manifiesta cuando busca soluciones a los retos que le impone el clima. Su sensibilidad estética y su conocimiento de los materiales afloran de manera especial cuando se trata de proteger su vivienda. Soluciones tecnológicas y de diseño permiten la adecuación de elementos arquitectónicos a las características propias del medio. Creando así objetos de gran estética que engalanan balcones y ventanas mediante el uso de un amplio repertorio formal y cromático.
La ornamentación se trabaja a partir de formas geométricas, partiendo de variaciones en los listones de las maderas utilizadas. En las barandas aparecen composiciones que se repiten en pequeños módulos copiados, de la casa campamento. La fachada principal de las viviendas recibe la mayor decoración, los laterales no se decoran, ni se pintan, se utilizan para ventilar y abrir pequeñas ventanas. Vanos, ventanas, puertas, tragaluces y celosías conforman las fachadas compuestas a partir de juegos de figuras que evocan los calados sofisticados de la filigrana del oro. El martillo, la caladora manual, el berbiquí, el serrucho, la hachuela y el machete son suficientes para hacer gala de destreza e imaginación.
La ornamentación de las fachadas se viste de colores vivos que se utilizan en vanos, rejillas y detalles de ventilación que contrastan con las paredes claras y alimentan la apariencia simple de estas viviendas. Así, la solución a las necesidades de ventilación e iluminación se convierten en una posibilidad figurativa y creadora donde cada habitante recrea la búsqueda estética en su fachada. El entorno urbano se convierte entonces en una paleta cromática donde las viviendas se mezclan con la rica vegetación del paisaje.
Estos decorados en madera, comúnmente conocidos como calados manifiestan y expresan el proceso de diversificación laboral que en los caseríos marca las diferencias individuales o familiares de las actividades económicas. La ornamentación de las fachadas sirven de propaganda para los establecimientos comerciales y expresan distinción social.
Vivienda aldeana afrochocoana
La vivienda aldeana afrochocoana es una unidad compacta de uno o dos niveles, que alberga los sitios de descanso, relación y trabajo. En el primer nivel se halla un gran salón que se utiliza tanto para secar el arroz como para los velorios. A veces existe una terraza de oficios, o depósito para la producción agrícola y un local comercial. La distribución interna es muy sencilla, los cuartos ocupan el área central, se ubican a un costado o en el segundo nivel en caso de que exista. La cocina está localizada en la parte posterior de la casa y tiene un techo independiente. El hábitat rural está compuesto por una parcela de una o varias hectáreas. Concentra la totalidad de las actividades de la vida doméstica. Incluye algunos espacios para el almacenamiento de productos.
En las aldeas el espacio familiar se extiende hasta el solar con el gallinero, el tendedero de ropa y la zotea para el cultivo doméstico de hierbas aromáticas o medicinales. También se beneficia de la calle y de los lugares públicos, donde se seca el pescado, el arroz, el cacao o el maíz y se realizan actividades como el pilado.
Los elementos que tienen las familias dentro de las viviendas, son una evidencia de la distribución de las actividades económicas de acuerdo al sexo. Es así, como en las afueras de los ranchos, a manera de “colgaderos”, se encuentran las redes de pesca colocadas sobre travesaños de madera al término de las faenas o extendidas para su reparación. En las horas de la tarde, los pescadores reconstruyen sus mallas usando agujas fabricadas en madera, revisan las boyas y los plomos para las nuevas jornadas, construyen faros y canaletes, e impermeabilizan o calafatean sus embarcaciones recubriendo con brea el cuerpo y las junturas de madera de las mismas. Pequeños tibungos o neveras de icopor se mantienen en algunas viviendas para la conservación temporal del pescado.
El municipio costero de Nuquí del Pacífico chocoano (Golfo de Tribugá), se encuentra poblado en su mayoría por afrocolombianos, que habitan en casas de madera levantadas sobre pilotes. Las viviendas siguen el curso de los esteros que casi rodean el poblado. El corte indiscriminado del manglar ha debilitado los barrancos y su constante erosión ha obligado a los habitantes a construir muros de contención.
Este poblado costero está compuesto por casas organizadas y alineadas que forman cuadras. Las nuevas casas de material le da un acento urbano aunque el uso del espacio sigue siendo bastante tradicional. Predominan las casas que suelen intercalarse en medio de un paisaje de palmeras, árboles frutales y ornamentales que le regalan sombrío a sus habitantes.
Como en algunas otras localidades de la costa Pacífica, Nuquí cuenta con un pequeño aeropuerto. En ese mismo sector de la localidad se encuentra la sede de la alcaldía, el juzgado, el hospital, las oficinas de las empresas aéreas y algunos restaurantes.
El sur del Pacífico
El Pacífico vallecaucano
Los cursos de los ríos Anchicayá y el Raposo fueron los sitios donde los españoles sometieron indígenas y africanos esclavizados para la explotación del oro. Estos territorios después se convertirían en el lugar de asentamiento de población afrocolombiana. El poblamiento en la región costera del Pacifico sur se concentra en la cabecera municipal de Buenaventura. La población rural se distribuye a lo largo de los ríos o sobre las playas y las bocanas. Su distribución es longitudinal configurando una red de caseríos dispersos y unos cuantos nucleados con bajas densidades poblacionales.
La colonización de la llanura del Pacífico, ha sido propiciada por diferentes condiciones en épocas diferentes, y esto ha hecho que en los ríos Yurumanguí y Naya se hayan registrado olas de inmigrantes dispuestos a poblar áreas de difícil acceso. Puerto Merizalde, La Bocana, Málaga, Juanchaco y Ladrilleros figuran como algunos de los pueblos más representativos de la región.
El Pacífico caucano
Sus habitantes han sido actores de un proceso de poblamiento registrado desde finales del siglo XVIII generado por el auge de la explotación de las minas y el aniquilamiento de las poblaciones indígenas con presencia en la región desde tiempos prehispánicos.
La actividad social y económica de los afrocolombianos de esta región se desarrolla a lo largo de una intrincada red que conforman los ríos, los esteros y el mar, principales canales de comunicación y rutas para el intercambio comercial y de relaciones sociales. Habitan en caseríos ribereños, alineados sobre las orillas de los ríos o del mar.
Sobre el río Guapi, hacia la desembocadura se ubica el municipio de su mismo nombre y sobre sus márgenes hacia arriba, los corregimientos de Belén Calle Larga, Choare, El Atajo y la cabecera municipal de Guapi. El río Micay, en el municipio de López desemboca en el Pacífico y la vía de comunicación que conecta once corregimientos: Dos Ríos, San Isidro, Santa Rosa, Taporal, Zaragoza, Guayabal, Santa Ana, Noanamito, San José Candelaria y el Coco. Entre sus afluentes el Napi, San Francisco de la Vuelta, Juan Cobo, Capilla y Guacarí, permitieron el asentamiento de comunidades costeras. Sobre el río Timbiquí se encuentran los caseríos de Santa María, San José, Coteje, Cheté, el Charco Cuerval y la cabecera municipal de Timbiquí.
El Pacífico nariñense
El hábitat de los afrodescendientes en esta región está conformado por los ríos que desembocan en la costa nariñense: Patía, Mira, Satinga, Sanquianga y el Iscuandé, sobre los cuales se ha desenvuelto la historia económica y social de sus habitantes. Allí mismo establecieron poblados y caseríos dispersos de diversa magnitud, construidos sobre las márgenes de los ríos o en las áreas de manglar. Estos lugares habitados desde la antigüedad por grupos indígenas, pasaron a ser poblados por los africanos y sus descendientes quienes idearon sistemas sociales en concordancia con las condiciones ambientales que debían afrontar.
Sus vivienda están construidas en madera sobre pilotes y con techos de palma de jícara, chalar, cortadera, naidí o corozo.
Tumaco es el centro urbano más importante de la zona. Fue establecido en 1640. Cuando los centros mineros coloniales de Barbacoas e Iscuandé declinaron, Tumaco adquirió relevancia como puerto y ciudad de importancia en el Pacífico, en un proceso que se aceleró hacia la segunda mitad del siglo XIX, con el despegue de las explotaciones de tagua, el caucho negro y la balata.
En el plano aluvial que forma el río Mira, se ha desarrollado un poblamiento lineal a lo largo de la carretera donde se encuentran inmigrantes provenientes de Antioquia y Nariño. En esta zona se encuentran miles de hectáreas plantadas en palma africana lo cual ha causado una fuerte concentración de población en las inmediaciones de la carretera.
De acuerdo a las cercanía del mar y en respuesta al régimen de mareas, construyen sus casas sobre pilotes de 1 a4 metros, las paredes de tabla (tulapuesta), los pisos de listón y los techos de zinc o de tela asfáltica resisten las intensas lluvias de todo el año.
Los ríos Satinga y Sanaquianga presentan asentamientos poblacionales determinados en gran medida por los lazos familiares y deparentesco. Sus habitantes conservaron y adaptaron elementos culturales de la memoria africana a las condiciones de la vida republicana. Las veredas La Victoria, Barbacoitas y Gembao, a orillas del río Satinga, y Naidizales y Guavillales a orillas del río Sanquianga, poseen asentamientos en grupos donde, a partir de una matriz principal, el proceso hereditario y la repartición de la tierra permiten que los hijos construyan sus viviendas cerca del grupo familiar inicial. Este asentamiento gregario determinado por el parentesco tiene otra connotación de mayor trascendencia: la contribución mutua con fuerza de trabajo sin mediación de dinero, donación de alimentos entre las unidades familiares, apoyo en caso de enfermedad y captación de recursos del Estado en obras como escuela, hogar comunitario y dispensario.
Existe otro tipo de asentamiento familiar más amplio en términos espaciales; las viviendas se ubican a lado y lado del río, bastante distanciadas entre sí, y llegan a ocupar toda una vereda, incluyendo habitaciones aisladas no pertenecientes al mismo tronco familiar. Estas comunidades viven de la práctica de patrones tradicionales que han sobrevivido a través de los años. Se transportan en canoas y motores fuera de borda; sus ingresos en dinero se obtienen de la minería del oro, actividad que realizan mediante el lavado de las arenas de los ríos y de los aluviones auríferos.
En la última década los gobiernos y la sociedad dominante han mantenido inmodificable el histórico principio de supremacía y dominación blanca y mestiza en la administración pública y privada. Hoy por hoy los(as) profesionales afrocolombianos(as) siguen siendo excluidos(as) de los cargos altos e intermedios del Estado. No hay afrocolombianos(as) en cargos importantes de la Presidencia de la República. No hay magistrados(as) afrocolombianos(as) en las altas Cortes del país. No hay ministros(as) ni viceministros(as) afrocolombianos(as). Tampoco hay afrocolombianos(as) embajadores(as); y en las Fuerzas Armadas de Colombia no hay oficiales de alta graduación afrocolombianos(as).
Los últimos tres gobiernos han sido cómplices de la discriminación racial que también se ve en el sector privado, donde la persona afrocolombiana es totalmente “invisible” en los cargos directivos y de altos ingresos. Las personas afrocolombianas suelen ser excluidas de los créditos privados y las becas para realizar estudios de formación superior. De hecho, en las universidades más prestigiosas del país el porcentaje de estudiantes afrocolombianos(as) se ubica por debajo del O.1% del total de estudiantes. Estos centros educativos, así en sus estatutos establezcan lo contrario, promueven la discriminación racial al no tener programas de acción afirmativa para afrocolombianos(as). Es decir, tienen los recursos para promover la formación de población afro a ese nivel, pero no lo hacen porque el sistema sigue siendo discriminatorio y eurocentrista.
En ese orden de ideas, la historia y los valores de la afrocolombianidad como patrimonio nacional son ignorados en los textos escolares y los currículos, contribuyendo de esta manera a la reproducción de estereotipos racistas contra los(as) afrocolombianos(as). Vale la pena agregar que los programas educativos no han abordado el tema del racismo y la discriminación racial, tal como lo exige la citada Ley General de Educación y el Decreto 122 de 1998, por medio del cual se exige la inclusión de la Cátedra de Estudios Afrocolombianos en todos los colegios del país.
Las nuevas generaciones siguen siendo “educadas”, a pesar de las leyes, bajo un sistema que excluye, invisibiliza, discrimina y prepara para el autorechazo y la subvaloración. Existen numerosos casos de niños(as) que han sido víctimas de discriminación racial en sus escuelas y colegios. Sus propios(as) compañeros(as) e incluso los maestros los(as) insultan verbalmente, lo cual genera fuertes problemas de autoestima.
Dicha ideología racista proviene, en casi todos los casos, del propio núcleo familiar y se multiplica en todos los ámbitos y espacios de la vida cotidiana. Lo grave es que no se reconoce como un problema y mucho menos como una violación de derechos humanos, cuando es quizás la peor de las violaciones de derechos humanos que se ven en Colombia; considerando que los niños(as) afrocolombianos(as) son víctimas de humillaciones, exclusión y discriminación, sólo por el hecho de ser afrocolombianos(as), sin siquiera entender el porqué de las mismas.
Mientras en el sistema educativo no se aplique lo que exigen las normas mencionadas, se perpetuarán los estereotipos racistas y se seguirá fortaleciendo el racismo institucional a nivel público y privado. Se seguirán formando futuros padres que terminarán diciendo una frase muy común en todas las regiones del país: “Yo no soy racista, pero no me gustaría que una de mis hijas se casara con un negro…”.
Catalogar tal frase con una violación de derechos humanos para algunos sería exagerado. Sin embargo, no lo es si se considera que exactamente algo similar ocurre, aunque a veces no se exprese verbalmente, cuando una persona afro busca cualquier trabajo y no se lo dan porque sus características físicas están ligadas a estereotipos racistas. La discriminación racial es una grave violación de derechos humanos y el primer paso para eliminarla es reconocerla como tal.
Los medios de comunicación
Los medios de comunicación se han convertido en los principales difusores del racismo y la discriminación racial en Colombia. Esto ocurre desde el siglo XIX y en la actualidad no ha cambiado la situación. En los periódicos nacionales y canales de televisión (privados y públicos) con frecuencia se usa un lenguaje ofensivo y humillante al momento de nombrar y/o caracterizar a la gente afrocolombiana, hecho que fortalece la discriminación racial a través del lenguaje. De allí que sea normal que los(as) colombianos(as), comenzando por los(as) niños(as), reproduzcanel léxico racista de los comerciales de televisión, las telenovelas y los artículos de prensa.
A los(as) afrocolombianos(as) se les dice morochos(as), negritos(as), niches, negros(as), etc., en los medios de comunicación. Estos, en especial los canales privados de televisión, rara vez contratan afrocolombianos(as) y cuando lo hacen tienden a mostrarlos(as) como personas destinadas a trabajar en la servidumbre - simplemente por el hecho de ser personas afro - lo cual alimenta la discriminación racial, precisamente ligada a estereotipos racistas. Tales estereotipos también se presentan en el uso del adjetivo “negro” para referirse a lo malo, sucio, ilegal o feo, algo que históricamente ha generado rechazo hacia el color negro y la gente negra. El Tiempo, principal diario del país, nos da un lamentable ejemplo de este tipo de discriminación racial, al destacar así la eliminación de la selección olímpica de fútbol del Brasil a manos de Sudáfrica:
Brasil la vio muy negra… Cuba y Costa Rica dieron alegrías el domingo a América Latina al conquistar una medalla de oro y una de bronce en la Olimpiada de Sydney, mientras la selección de fútbol de Brasil, gran favorita para ganar el oro, perdió 3-1 con Sudáfrica.” Nadie puede negar que la irónica expresión “la vio muy negra…” se utilizó en este caso para ofender a un grupo de jugadores negros que ganó un partido de fútbol contra un equipo conformado en su mayoría por jugadores negros también.
En resumidas cuentas, los medios de comunicación en Colombia son promotores del uso de un lenguaje racista contra la gente afro, hecho que los convierte en cómplices de esta grave violación de derechos humanos. Y aunque las normas nacionales prohíben dicha discriminación a través del lenguaje, los medios la siguen practicando porque no la perciben como tal.
En el conflicto armado y desplazamiento
En los últimos años el conflicto armado interno ha contribuido a agravar la situación de las comunidades afrocolombianas. Se ha registrado un incremento de la violencia selectiva en contra de activistas de las comunidades, con homicidios, amenazas de muerte y desplazamientos forzados, así como un mayor confinamiento de éstas por parte de los grupos armados ilegales, que las ven como un obstáculo al ocupar territorios estratégicos, como la Costa Pacífica, que son ricos en materia de recursos naturales y comercio (legal e ilegal). Ese control que pretenden ejercer los grupos armados ilegales sobre los territorios de las comunidades afrocolombianas también agrava las violaciones a los derechos civiles y políticos de éstas, ya que frecuentemente son víctimas de la imposición de bloqueos económicos, el control de alimentos y medicinas, y las restricciones a la circulación de personas, empeorando así las ya precarias condiciones de vida en las que éstas habitan.
En términos del desplazamiento forzado del que las comunidades afrocolombianas son víctimas en el marco del conflicto armado, cabe resaltar que al menos el 50% de la población desplazada en Colombia es afrocolombiana. En otras palabras, más de un millón de personas afrocolombianas han sido víctimas de esta violación de los derechos humanos, que además, por tratarse en muchos casos de territorios (ancestrales) colectivos, también se ha convertido en una violación a los derechos económicos, sociales y culturales.
Otro factor preocupante para las comunidades afrocolombianas es el hecho de que en los últimos años grupos guerrilleros como las FARC, se han puesto en la tarea de “reivindicar” a algunos líderes (como Benkos Biohó) y aspectos históricos (como el cimarronaje), relacionados con la población afrocolombiana, para nombrar sus grupos de combate o acciones, hecho quehace más vulnerable y peligrosa la labor de los(as) activistas afrocolombianos(as) en el país.
Se reitera que las principales víctimas del conflicto son las personas afrocolombianas. Si bien no hay estudios que contengan la variable étnica, las imágenes de los noticieros confirman que los grupos armados ilegales nutren sus filas con personas afrocolombianas que se integran a los mismos para superar sus dramáticas condiciones de vida o lo hacen bajo presión y amenazas.
Un hecho lamentable que reconfirma que los(as) afrocolombianos(as) son las principales víctimas del conflicto armado interno, ocurrió el 2 de mayo de 2002, día en que se presentó la peor masacre ocurrida en la historia de Colombia, la masacre de Bojayá (Chocó), perpetrada por el grupo guerrillero FARC en el marco de un combate contra las autodefensas ilegales, y en la que fueron asesinadas 119 personas, incluyendo mujeres embarazadas y niños(as), todos(as) afrocolombianos(as); convirtiendo el hecho además en una grave infracción a las normas del derecho internacional humanitario, también ratificadas por el gobierno colombiano.
Respuestas de los gobiernos
A pesar de la amplia legislación en materia de derechos humanos, los últimos gobiernos no han hecho efectivos ni los tratados internacionales ratificados ni las recomendaciones de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que buscan proteger las comunidades afrocolombianas de todo tipo de violaciones de derechos humanos, en especial de la discriminación racial de la que son víctimas, misma que tiene un impacto negativo en todas las esferas de la vida nacional.
En Colombia históricamente se ha presentado un racismo institucional fuerte que impide el desarrollo social y económico de la población afrocolombiana. El actual gobierno también ha reconocido la existencia de esta grave violación de derechos humanos, pero poco ha hecho para eliminarla en la práctica. De hecho, y a pesar de la ausencia de estudios al respecto, es fácil ver, por ejemplo, que la mayoría de los soldados que enfrentan la posibilidad de morir víctimas del conflicto son afrocolombianos, mientras se impide la promoción de oficiales afrocolombianos a los grados superiores de las Fuerzas Armadas. El actual gobierno tampoco ha creado programas de acción afirmativa y en la contratación de personal se sigue presentando discriminación racial, lo cual se refleja en la ausencia de afrocolombianos(as) en las instituciones gubernamentales.
El gobierno no pone en evidencia que en materia carcelaria, los(as) afrocolombianos(as) recluidos(as) en las cárceles son víctimas de invisibilidad (forma de discriminación racial) y no reciben defensa profesional idónea. Además, las autoridades violan sus derechos humanos, y ni el gobierno ni la administración de justicia impiden la eliminación de tales prácticas.
De otra parte, no deja de sorprender que el gobierno actual, declarado defensor de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, y conociendo bien la problemática afrocolombiana, haya dedicado menos de media página a la misma en su Informe Anual de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario. Dicho informe se compone de 166 páginas, en las que por ejemplo sí se analiza la situación de derechos humanos de la población indígena. En pocas palabras, al gobierno poco o nada le interesa lo que pueda ocurrir en materia de derechos humanos con la población afrocolombiana, y no se ha detenido a pensar que en la medida en que se eliminen las prácticas de discriminación racial, el crecimiento económico y desarrollo social del país serán más viables.
Otro elemento que confirma el desinterés del gobierno actual hacia la problemática de la población afro del país, es el hecho de haber eliminado la única oficina creada específicamente para atender la problemática de dicha población. Nos referimos a la Dirección de Comunidades Negras del Ministerio del Interior, ente creado en el marco de la implementación de la Ley 70 de 1993. Esta oficina fue eliminada para crear la llamada Dirección de Etnias, la cual curiosamente tiene un director mestizo que no está comprometido con la población en cuestión. Además, esta oficina tiene limitaciones en materia de recursos y pretende minimizar el complejo problema de la discriminación racial institucional en Colombia. En pocas palabras, la decisión del gobierno de eliminar la Dirección de Comunidades Negras tal como venía funcionando, ha generado no sólo un estancamiento del proceso organizativo afrocolombiano, sino el agravamiento mismo de la problemática afrocolombiana. Situación que sólo será resuelta en la medida en que se apruebe una Ley que establezca la creación de mecanismos efectivos para enfrentar la discriminación racial y una institución gubernamental que maneje la problemática afrocolombiana.
El gobierno actual tampoco muestra interés por las cifras en materia de prostitución de los(as) jóvenes afrocolombianos(as), quienes terminan en este negocio principalmente debido a sus dramáticas condiciones de vida. La pobreza y la ausencia de oportunidades originadas por la discriminación racial impulsan a los(as) jóvenes afro a prostituirse en las grandes ciudades como Barranquilla, Bogotá, Medellín, Cali y Cartagena. Lamentablemente no existen estudios en este sentido y la mencionada ausencia de una institución que analice la problemática afrocolombiana permite afirmar que la posibilidad de llevar a cabo los mismos sigue siendo muy lejana.
Por último, el gobierno colombiano sigue empeñado en no reconocer la competencia del Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, para que éste examine comunicaciones de personas sobre prácticas de discriminación racial, en virtud del Artículo 14º de la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación Racial; que obliga a que los gobiernos, en representación de los Estados, respondan y/o asuman la responsabilidad de rectificar la práctica violatoria de la Convención. En ese orden de ideas, surge una pregunta para la reflexión: ¿Si en Colombia no hay racismo institucional ni prácticas de discriminación racial, cuál es el temor del gobierno de ratificar dicha competencia expresada en el Artículo 14º?
Recomendaciones y conclusiones
Con base en el Informe sobre Colombia del Sr. Doudou Diene, Relator Especial de las Naciones Unidas sobre Racismo, Discriminación Racial, Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, quien realizó una Misión al país de septiembre a octubre de 2003, el Movimiento Nacional Afrocolombiano CIMARRON plantea las siguientes recomendaciones y conclusiones, en aras de mejorar la situación de derechos humanos de las comunidades afrocolombianas:
Diez años después del reconocimiento a la diversidad étnica y cultural de la nación, y a pesar de la existencia de una amplia legislación que protege y defiende los derechos humanos de la población afrocolombiana, la situación socio-económica de la misma sigue siendo precaria y tiende a empeorar cada día más.
La discriminación racial es una grave violación de derechos humanos. Sin embargo, en Colombia las personas mestizas, que en su mayoría se autodenominan “blancas”, no sólo no la perciben como tal, sino que promueven la exclusión de la población afrocolombiana de todas las esferas y espacios socio-económicos relevantes; en especial de aquellos empleos que requieren atención al público, de los medios de comunicación y de los cargos de mando del sector público y privado. Esta discriminación de carácter segregacionista limita las posibilidades de desarrollo socio-económico tanto de las comunidades afrocolombianas como de la sociedad colombiana en su conjunto.
Es necesario generar un marco normativo que defina claramente y ayude a reconocer la existencia de la discriminación racial cuando esta se produce. Como lo expresa la OIT se deben establecer directrices que garanticen la eliminación de este tipo de discriminación, que además genera y refuerza la pobreza y exclusión socio-económica de las comunidades discriminadas, en este caso las afrocolombianas. Este marco debe partir de la aprobación de una ley general contra la discriminación racial que genere la creación de una comisión contra la discriminación racial que interactúe con la Presidencia, los ministerios y el sector privado, y que impulse al gobierno nacional a reconocer la competencia del Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial para examinar comunicaciones de personas sobre casos de discriminación racial en el país, en virtud del Artículo 14º de la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación Racial.
Se invita al gobierno a poner en efecto una estrategia intelectual y ética para acabar con el arraigamiento del racismo y la discriminación racial, en aras de construir un multiculturalismo solidario, democrático e interactivo, que haga efectiva la diversidad étnica y cultural proclamada en el Artículo 7º de la Constitución. Para ello, el gobierno debe exigir a las escuelas y colegios el establecimiento de la etnoeducación y la Cátedra de Estudios Afrocolombianos por un lado, y la prohibición del lenguaje discriminatorio contra la población afrocolombiana en los medios de comunicación por otro. Así mismo, debe promover políticas de acción afirmativa que garanticen la participación afrocolombiana en todas las esferas políticas y socio-económicas.
En resumidas cuentas, el gobierno actual debe promover el establecimiento de una Ley que cree una estrategia de inclusión racial en aras de generar una mayor inversión en capital humano afrocolombiano y elimine la discriminación racial ocupacional, para generar un impacto positivo y constante en la calidad de vida no sólo de las comunidades afrocolombianas, sino de todos(as) los(as) colombianos(as). La misma Ley debe impulsar la creación de una institución estatal dedicada a estudiar y encontrar soluciones a la problemática afrocolombiana. Dicho ente debe ser liderado, contrario a lo que ha hecho el gobierno actual con la Dirección de Etnias del Ministerio del Interior, por investigadores(as) afrocolombianos(as) que estén comprometidos(as) con el respeto a los derechos humanos y el desarrollo de la población afrocolombiana.
Las organizaciones sociales de las diferentes etnias afrocolombianas revelan alarmantes casos de discriminación y pobreza en este sector, que forma parte del 10 por ciento de los habitantes del país.
Codhes muestra que los afrocolombianos son la minoría étnica más numerosa entre el grupo de personas en situación de desplazamiento en Colombia y el 98 por ciento de ellos viven en estado de pobreza.
Según el informe, Tumaco, en Nariño; y Buenaventura, en el Valle del Cauca, son ejemplo del drama de pobreza y discriminación que vive esta parte de la población.
Muchos se quejan que no volvieron a recibir atención humanitaria de emergencia después de seis meses de su desplazamiento y muchos nunca la han recibido.
Entre tanto, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos indica que la población afrodescendiente en Colombia se encuentra marcada por una historia de invisibilidad, exclusión y desventajas sociales y económicas que afectan el goce de sus derechos fundamentales, tanto que padece una tasa de mortalidad infantil que duplica la registrada a nivel nacional, y tiene menor acceso a servicios básicos como educación y salud, así como menor acceso a empleos redituables y menor participación en la vida pública.
Cifras del DANE
En ocho departamentos del país se concentra el mayor número de población afrocolombiana, de los cuales el 61 por ciento vive en condiciones de pobreza, revela las cifras del DANE.
Los datos muestran también que el 10 por ciento de las comunidades negras no sabe leer ni escribir y el más afectado por el fenómeno del analfabetismo es el departamento de Nariño.
Otras cifras revelan que 500 mil personas afrodescendientes, raizales y palenqueras, habitan en Bogotá.
Además del abandono la comunidad negra afronta las consecuencias de la discriminación que se evidencia hasta en el lenguaje, asegura Leonardo Reales coordinador del área de derechos humanos de la Corporación Cimarron.
“En las novelas e incluso en los noticieros y en las novelas es común escuchar expresiones como “no sea indio, me negrearon, mucho negrero, me tocó trabajar como negro, que son expresiones evidentemente discriminatorias”, explicó.
Además del conocido caso de la joven Johana Acosta, a quien le prohibieron entrar a una discoteca de Cartagena por su color de piel, la Universidad de los Andes, documenta que en las ciudades de Bogotá y Cali durante los años 2008 y 2009 se denunciaron episodios de insultos raciales y requisas selectivas y arbitrarias contra miembros de la comunidad afrocolombiana por parte de efectivos de la Policía Nacional. El último ocurrió en una estación de Transmilenio el pasado mes de marzo y allí se vio involucrado un agente de la policía.
El trato discriminatorio que muestra el documento de la Universidad de los Andes fue corroborado por la organización Movimiento Nacional Cimarrón que asegura conocer también casos de jóvenes en Bogotá a quienes se les ha impedido el ingreso a sitios públicos por su color de piel y hasta el impedimento de algunos arrendatarios para entregar inmuebles a afrocolombianos.
La situación de la salud en las comunidades afrocolombianas del litoral Caribe está en concordancia con la situación socioeconómica. Esta se caracteriza por presentar tasas elevadas de extrema pobreza, baja calidad de vida, desnutrición y alta incidencia y persistencia de enfermedades transmisibles como la EDA, la IRA y la tuberculosis, que ocasionan una elevada tasa de mortalidad infantil que va del 10% al 50%; cifra que está por encima del promedio nacional. El acceso a los servicios de salud en las localidades afrocaribeñas se encuentra restringido y reporta indicadores marcadamente inferiores a los del resto de la población colombiana.
La cobertura de seguridad social en salud en los departamentos de Cesar, Córdoba, Guajira y Sucre representan el 38, 24, 33 y 30%, respectivamente. En Cartagena, por ejemplo, el 70.7% de los habitantes que utilizan el programa del Sisben están ubicados en estratos socioeconómicos 1 y 2. El 90.5% de los pobladores de la zona rural del Distrito mantienen niveles intolerables de extrema pobreza. Las localidades afrocaribeñas han adquirido beneficios en salud de un 20% con el Sisben y de un 30% con el régimen subsidiado. Además, han recibido capacitación, promoción y prevención de salud, de acuerdo con la Ley 100.
En la costa Pacífica colombiana la información relativa a servicios de salud permite inferir un estado de extrema precariedad. Chocó, por ejemplo, presenta un faltante significativo en el número de profesionales encargados de la red pública del sistema de salud. En la actualidad, existen 77 médicos, 23 odontólogos, 51 enfermeras profesionales y 394 auxiliares de enfermería. El déficit en esta área alcanza la cifra de 1.013 profesionales. La ausencia de especialistas es suplida por médicos raiceros o curanderos, jaibanás y comadronas, quienes atienden las enfermedades tratándolas con plantas medicinales. Por otra parte, las principales causas de morbilidad en este departamento son las enfermedades diarreico agudas, aquellas de las vías respiratorias, las transmitidas por diversos vectores y la hipertensión arterial.
En la zona centro-sur del litoral el cubrimiento apenas alcanza una pequeña parte de la población, situación que se agudiza en los poblados rurales. En las cabeceras municipales de Buenaventura y Tumaco existen hospitales estatales y en las comunas centros de salud.
Algunos pobladores de las áreas urbanas de Buenaventura asisten al hospital de la base militar de Bahía Málaga. En sitios de turismo como Juanchaco y Ladrilleros se cuenta con un centro de salud. La zona rural del municipio de Buenaventura tiene 49 médicos, de los cuales 13 están en Anchicayá y 36 en la bahía. Hay 20 puestos de salud distribuidos en las cuencas de los ríos Dagua, Anchicayá, Raposo, Cajambre, Yurumangui y Naya; 12 centros de salud dispuestos en las cuencas del San Juan y Calima; y 3 hospitales ubicados en la cuenca del Naya y en las bahías de Málaga y Buenaventura. En Cali las tendencias en salud son preocupantes. La esperanza de vida al momento de nacer es de 71 años; sin embargo, en los estratos bajos el índice disminuye. La tasa de mortalidad materna ha disminuido notablemente en los últimos años debido al programa de control parental. No obstante, el 46% de las mujeres afiliadas siguen muriendo por deficiencias en la prestación del servicio o por el ingreso tardío a dicho control. La población más susceptible a este tipo de mortalidad está ubicada en los sectores más pobres de la ciudad, en particular en el distrito de Aguablanca. Entre 1990-1996, por ejemplo, este sector presentó las tasas más altas de mortalidad infantil del municipio. En febrero de 1996, según datos del Sisben, estaban vinculados al sistema subsidiado de salud el 50% de los habitantes pobres de Cali; de los no afiliados, el mayor porcentaje, el 83%, correspondía a los pobladores de la zona rural del municipio. Asimismo, en 1997, la mitad de los habitantes de la ciudad estaban catalogados en situación de alto riesgo; cobijaba a las comunas que estaban clasificadas en el ámbito socioeconómico en los estratos bajo-bajo, bajo y medio-bajo. En estos estratos el régimen de salud subsidiado cubría únicamente el 13% de la población. Por otra parte, el 76% de la población urbana pobre no esta inscrita en ningún sistema de salud.
En Medellín existen altos índices de desprotección en salud y seguridad social, que está presente en el 69.9% de las familias. El 17.9% está afiliada al ISS, el 5% a cajas de compensación y el 2.7% es cobijado por el seguro médico de las empresas. En diversos sectores de la ciudad, mujeres afropaisas ejercen como parteras, asistiendo a sus vecinas y amigas durante el embarazo y el alumbramiento.
Los afrobogotanos parecen gozar de un inmejorable estado de salud. De una muestra de 606 individuos, el 14.5% percibe su estado de salud como muy bueno, el 65.7% como bueno, el 18.5% como regular. Estas cifras son significativas, si se tiene en cuenta que la cuarta parte de los interrogados está por fuera del sistema institucional de salud; lo cual se debe a la falta de dinero en un 45.2% y a la ausencia de vinculación laboral en un 6.2%. De los que se hallan afiliados se sabe que el 53.4% lo está a EPS, Cajas de Compensación y Empresas Solidarias, el 16% al ISS. y el 6.4% a regímenes especiales como las FFMM, Ecopetrol y el Magisterio. Por otra parte, el 50.1% tienen afiliación al régimen subsidiado de salud, mientras que el 48.7% está con el contributivo.
Aunque hubo claridad con respecto al tipo de régimen de afiliación; el 90.3% de la muestra no dio razón sobre el plan o seguro de salud que disfrutaba. Asimismo, el 56.2% de los encuestados que tenían afiliación al sistema de salud, admitieron ser beneficiarios de un familiar, y el 37.8% dijeron que el pago lo descontaban de la nómina, salario o pensión. Ahora bien, entre los grupos afrobogotanos el diagnóstico de ciertas enfermedades y su tratamiento dependen en gran medida de haberes tradicionales, esto se debe a la presencia en la capital de un número significativo de afro chocoanos que han permitido que se mantengan creencias ancestrales sobre las causas de las enfermedades y la manera de como éstas se alivian.
En el litoral Caribe los índices de analfabetismo son considerablemente altos. En los departamentos de Cesar, Córdoba, Guajira y Sucre alcanzan el 25.4, 31, 20 y 33%, respectivamente. En Guajira la cifra está por encima de la media nacional y la de Sucre representa la más alta del país. Esta situación de analfabetismo generalizado es mayor entre los habitantes pobres de los municipios afrocaribeños en los que llega a niveles insospechados, como en el Cesar donde es del 45%.
La cobertura educativa en los distintos niveles del sistema educativo de los departamentos del litoral Caribe no es del todo aceptable. En Cesar, por ejemplo, el acceso a la educación primaria es del 79.9% y del 45% en secundaria. Córdoba presenta bajo acceso en todos los niveles de escolaridad, los adultos que terminaron básica primaria significan un 35% y un 47% los que no, los jóvenes que entran a la básica secundaria son el 28% y a la media vocacional el 5.9%. En La Guajira, el ingreso a la básica primaria es del 77% y del 60.5% a la básica secundaria. El ingreso a básica primaria en sectores urbanos del departamento de Sucre es del 77.8 y del 28% en zonas rulares. Bolívar tiene en básica primaria una cobertura relativamente alta; no sucede lo mismo con básica secundaria ni con media vocacional, generándose, por tanto, grandes niveles de deserción estudiantil. La situación educativa en las pequeñas localidades de afrodescendientes del litoral Caribe no es mejor que la del resto de la población de la región. El sistema se caracteriza por altas tasas de deserción y repitencia, poca cobertura en los dos niveles básicos y por la fragilidad del conjunto en la formación integral de los jóvenes. Entre las comunidades del Cesar, por ejemplo, la cobertura es tan sólo del 5%. En Bolívar, localidades como María la Baja presentan altos niveles de deserción educativa.
Los problemas del sistema educativo de la costa Caribe colombiana, que afectan la calidad y el rendimiento académico de los estudiantes, dependen en gran medida de la confluencia de variables tan diversas como la disposición de infraestructura, dificultades logísticas, capacitación de docentes y pertinencia de los contenidos. Esta condición de inestabilidad se incrementa en los municipios con población afrodescendiente donde el desempeño académico es preocupante. Con miras a dar solución a esa situación el departamento del Magdalena implementó diferentes actividades para la formación de docentes, tendientes al mejoramiento de la calidad. De igual manera, se habilitaron espacios de reflexión para directivos docentes y se diseñaron algunas herramientas pedagógicas.
Las Secretarías de Educación de los departamentos de Atlántico, La Guajira y Magdalena cuentan con instancias encargadas de dinamizar los programas de etnoeducación en municipios con población afrodescendiente. En Bolívar, existe una experiencia pionera de innovación en este campo, adelantada por iniciativa comunitaria en San Basilio de Palenque. A través de la creación de un método particular denominado consulta a la memoria colectiva la comunidad ha logrado la reproducción y proyección de la cultura propia, apoyándose en la reconstrucción de la historia general y local, en el rescate de la lengua palenquera y en el fortalecimiento de las relaciones internas y externas. Esta tentativa abrió las puertas para dar inicio a un proceso educativo innovador en otras localidades rulares del departamento, entre las que sobresalen el trabajo de recuperación histórica y cultural en Arroyo Hondo, Hato Viejo, María La Baja, Río Viejo y en varias escuelas y colegios de Cartagena.
En Magdalena y Sucre, concretamente en la localidad de San Onofre, existen colegios que adelantan programas etnoeducativos. Contextos urbanos como Barranquilla, Cartagena y Santa Marta, también cuentan con este tipo de experiencias.
El acceso de afrocaribeños a las instituciones de educación superior existentes en el litoral Caribe es en extremo reducido. En Córdoba, por ejemplo, solamente ingresa el 16% de la población que está en condición de hacerlo, aunque el departamento cuenta con 15 universidades. En Cesar, de las trece universidades presentes, sólo la Universidad Popular hace presencia en las comunidades afrodescendientes, concretamente en la población de Tamalameque. En Sucre y Bolívar el ingreso de jóvenes descendientes de africanos a la formación universitaria es relativamente bajo; a la Universidad de Cartagena en el año 2001 entraron 124 estudiantes de los municipios que tienen población afrocolombiana. Por otra parte, en las universidades radicadas en La Guajira, Atlántico y Magdalena no se ha dado impulso a los programas de etnoeducación, con énfasis en la problemática de esta población. En el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina la educación ha sido una fortaleza que ha caracterizado a la comunidad. De acuerdo con los datos de la oficina de planeamiento de la Secretaría de Educación de San Andrés, existen en el departamento 48 establecimientos educativos de básica y media. El censo piloto encontró que en la población de cinco y más años el analfabetismo era de 2.5% y para los de 18 y más del 1%, porcentajes bastante inferiores a los del resto del país. Se estableció además que de la población entre 3 y 18 años, el 80% asiste a algún establecimiento educativo, el 14% no asiste y el 8% no informó. Si analizamos detenidamente los indicadores contemplados en este punto, se esperaría que la situación de la educación en ese departamento en relación con el resto del país fuera privilegiada.
Sin embargo, al comparar los resultados de los alumnos tanto los egresados del 11º grado como los resultados de las pruebas “Saber”, se evidencia que el Departamento se ubica en los niveles más bajos. Por tanto, el problema no es el cubrimiento sino la calidad de la educación. En el litoral Pacífico colombiano la educación presenta diferentes indicadores que dependen de la zona de la cual se esté tratando. En el Chocó, por ejemplo, en el año 2001, había una población en edad escolar de 160.999 habitantes, de los cuales el 52% vivían en áreas urbanas y el 48% en rurales. De ellos, el 25% estaban por fuera del sistema educativo. La matricula en básica primaria era de 78.680 niños; el 41.7% pertenecientes al sector urbano y el 58.3% al rural. En básica secundaria y media vocacional la cantidad de estudiantes matriculados disminuye en ambos sectores; en 34.6% para el urbano y en 92.9% para el rural, lo cual significa que hay una alta deserción escolar en la transición entre los diferentes niveles de escolaridad. En el ámbito departamental, existían 945 planteles de básica primaria, de estos el 16.2% estaban en zonas urbanas y el 83.8% en rurales. Había 113 establecimientos de básica secundaria y media vocacional; el 72.6% urbanos y 27.4% rurales. Por otra parte, el sector oficial atendía el 92% de la población matriculada.
En poblaciones de la zona centro-sur de la costa Pacífica como Barbacoas, El Charco, La Tola, Magui, Mosquera, Olaya Herrera, Francisco Pizarro, Roberto Payan, Santa Bárbara, Tumaco, Guapi, López, Timbiquí y Buenaventura, el total de analfabetas representan el 42.2, 48, 39.9, 40.8, 37.9, 39.8, 36.4, 60.5, 41.6, 30.9, 33.6, 40.6, 36.4 y 17%, respectivamente. En esta zona existen hogares infantiles del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar que intentan tener cubrimiento sobre el área urbana y rural. Sin embargo, estas instituciones no cumplen con funciones educativas en el sentido estricto de la palabra. Las escuelas de básica primaria del sector rural funcionan con muchas dificultades por falta de locaciones, infraestructura en servicios sanitarios y material didáctico. La educación media se imparte, específicamente, en las zonas urbanas, lo cual afecta a los jóvenes estudiantes de sectores rurales que deben realizar largos recorridos hasta los centros urbanos. Además, el nivel de básica secundaria y media vocacional presenta déficit en la planta profesoral. Por otra parte, los Ministerios del Medio Ambiente y Educación han colaborado en la consolidación de programas de etnoeducación que venían adelantando diversas organizaciones comunitarias afrodescendientes, tales como la Asociación de Comadronas de El Charco en Nariño, el Colegio Etnoeducativo de Puerto Saija en el Cauca, el Colegio San José de Guapi y el Instituto Matia Mulamba en Buenaventura.Asimismo, diversas universidades del sector público y privado hacen presencia en Buenaventura, Tumaco, Guapi y Bahía Solano con programas profesionales y tecnológicos. Cali cuenta con una población escolar de 533.888 habitantes entre los 3 y 17 años de edad.
La cobertura en básica primaria significa el 44.4% y la de secundaria el 41.1%. Del total de población en edad de escolaridad, el 24.1% no está inmerso en el sistema educativo. Se presume que los excluidos están concentrados en las comunas periféricas de estratificación baja, donde hay un predominio del sector privado en la prestación del servicio. El porcentaje de jóvenes afrocolombianos que están por fuera del sistema educativo no se ha podido determinar, pero se sospecha que es significativo. Por otra parte, en el nivel superior de educación se observa un aumento notorio de gente afrocolombiana en las universidades públicas y privadas, que hoy día albergan organizaciones estudiantiles de esa población.
La situación educativa en Medellín es preocupante; hay un 13.3% de analfabetismo. El 49.7% del total de la población ha cursado la básica primaria. Los estudiantes que acceden a la educación superior sólo representan el 1.5%. Existen 510 estudiantes afro antioqueños matriculados en las universidades públicas y privadas de la ciudad. El Icetex asignó créditos educativos a 261 personas pertenecientes a esas comunidades; esos prestamos son condonables siempre y cuando los beneficiarios ejecuten proyectos de investigación que incluya a la población afrodescendiente de la ciudad. El analfabetismo entre los habitantes afrobogotanos es más bien reducido. De una muestra de 533 personas, el 94% sabían leer y escribir. De éstos, el 30% habían iniciado la básica primaria, el 44.3% la secundaria y el 14.3% la educación superior. El 28.2%, adelantaron cursos de capacitación o aprendizaje.
Hoy día, el 35.4% asisten a un centro educativo. Sin embargo, si se compara el nivel educativo de los bogotanos en su totalidad con aquel de los afrodescendientes se observa que mientras el nivel de escolaridad en los primeros llega a 10.2 años, en los segundos sólo alcanza a 6.4%.
población bogotana no completó la educación secundaria, al 60% de los afrocolombianos les sucedió lo mismo. Estas dos diferencias podrían estar indicando una exclusión escolar que refleja patrones de discriminación.
En el litoral Pacífico el poblamiento se dio de manera continua e ininterrumpida durante los siglos XVI al XVIII. Los primeros pobladores de esta región llegaron como esclavizados y fueron obligados a trabajar en la extracción del oro de las minas de aluvión ubicadas a lo largo de los principales ríos y sus afluentes. Desde el siglo XVI, a medida que avanzaban los procesos de conquista, pacificación y etnocidio de la población indígena, el aumento de la gente africana fue vertiginoso, debido a la introducción masiva de cautivos y a una mayor tasa de natalidad de dicho sector. Esta situación implicó una africanización del Pacífico colombiano, y la comunidad descendiente de africanos se constituyó en mayoría absoluta, alcanzando a representar el 90% del total de la población. La ocupación de territorios en el litoral Pacífico, por parte de sectores de ascendencia africana, se consolidó a la par con la abolición de la esclavitud. Algunos libertos lograron adquirir tierras mediante la compra de los derechos de propiedad. Otros, quizá la mayoría, las obtuvieron a través de la posesión pacífica y tradicional de terrenos que habían sido abandonados por los mineros esclavistas.
En esta región la población afrodescendiente desarrolló, un sistema de poblamiento o colonización de las zonas bajas de las cuencas de los ríos. El complejo sistema fluvial generó una red de comunicaciones entre comunidades de cuencas vecinas. Esta red influye en las dinámicas culturales donde existen zonas de uso familiar o comunitario donde ciertos parientes permanecen por temporadas. Así se mantienen las relaciones diádicas y de parentesco que son parte fundamental de su cultura. El sistema de asentamiento es de aldeas dispersas; su manutención depende de la explotación de recursos como la madera, la recolección, la cacería, la pesca, las actividades mineras y el sistema de rotación y movilidad de cultivos.
El departamento del Chocó tiene treinta y dos municipios. En cada uno la población afrodescendiente representa más del 90%. Los espacios urbanos concentran la población del litoral Pacífico, siendo las más numerosas Quibdo, Buenaventura, Guapi, Tumaco, Iscuande y El Charco. En cuanto a las áreas rurales, la densidad promedio es inferior a doce habitantes por kilómetro cuadrado. Las composiciones demográficas de algunos municipios de la zona centro-sur del litoral son: 22.071 habitantes en Barbacoas, 15.806 El Charco; 4.974 La Tola; 8.883 Magui; 8.004 Mosquera; 21.495 Olaya Herrera; 7.075 Francisco Pizarro; 8.903 Roberto Payán; 15.476 Santa Bárbara; 115.674 Tumaco; 23.505 Guapi; 17.289 López; 22.922 Timbiquí; y 227.478 Buenaventura.
El poblamiento por parte de africanos y sus descendientes en las islas se desarrolla en los siglos XVII y XVIII debido a dos procesos primero la disputa que mantuvieron España e Inglaterra en cuanto al dominio sobre las Islas; segundo la actividad corsaria y contrabandista. Ambos procesos implicaron la introducción esclavizados que formaban parte de botín de guerra. En 1786 España y Gran Bretaña pusieron fin a estos conflictos suscribiendo un tratado afirmando la soberanía española. A principios de 1793 según la revista del archivo nacional, se informo de la existencia de unas 37 familias y 281 esclavos en la Isla de San Andrés dedicadas a la producción agrícola.
Para el siglo XIX en Providencia la población no pasó de 300 y la presencia de esclavizados no era numerosa pues los oficios de explotación de madera, la caza de tortuga para el comercio de carey no se precisaban de una extensa mano de obra esclava.
En San Andrés previendo que pronto el negocio algodonero y azucarero, cuya mano de obra provenía de los esclavizados afrodescendientes llegaría su fin, se comienza a sembrar coco cuya actividad demandaría menos mano de obra. Sin embargo, el fin de la esclavitud llega en 1853 cuando el pastor Livingston gestionó la visita de agentes del gobierno central.
En ese periodo se reemplaza definitivamente el cultivo del algodón por el coco; además los afrodescendientes llegaron a ser los que controlaban el comercio. Estados Unidos se convirtió en el principal mercado para el coco. Las exportaciones de ese producto a los Estados Unidos que comenzaron en 1855 se fueron incrementando de manera tal que en 1873 el despacho sobrepasaba los dos millones de nueces, una década más tarde fueron cuatro millones.
Al inicio del siglo XX la población se había asentado de manera lineal a lo largo de las vías públicas hasta entonces demarcadas y cerca de las zonas de cultivos y de actividades afines. En este orden, se dieron tres áreas definidas: North End, donde existían algunos almacenes de víveres y artículos importados, Gouph (San Luis), era la zona de embarque del Coco, centro comercial y administrativo y The Hill (o La Loma) era el núcleo cultural, religioso, económico y de mayor influencia bautista. Providencia en cambio, una vez abolida la esclavitud, los sectores de Bottom House (Casa Baja) y South West Bay (Bahía Suroeste) fueron asignados a los afrodescendientes, mientras los demás sectores quedaron en manos de los blancos y mulatos. La visita del presidente Rojas Pinilla en 1953 trajo una gran transformación en la isla: nuevas construcciones se iniciaron, el cementerio publico convertido en parque, cementerios familiares clausurados para construir sobre de ellos el primer hotel, son algunos de los casos que se dieron entre 1.953 y 1.957 periodo que antecedió a la sanción de la Ley 127 de 1959 declaratoria de puerto libre. Esta medida según el gobierno nacional, tenia como objetivo de una parte, promover el desarrollo económico del archipiélago mediante el libre comercio, el fomento de la industria turística. La carencia de un plan regulador y la ausencia de un control migratorio dio paso libre al desorden urbanístico, social, económico que se impuso en la isla.
La composición de la población cambió y entraron en escena dos grandes corrientes migratorias: colombianos de tierra firme, y otra de extranjeros, principalmente sirio libaneses, palestinos, judíos e hindúes muchos de los cuales en un principio llegaron de la costa colombiana y más adelante, del oriente medio. Consecuente con este estado de cosas, nació una clase social; eran los propietarios de los almacenes y la incipiente hotelería que apareció asociado al comercio. Esta clase desplazó a los antiguos amos exportadores del coco, propietarios de transporte marítimo y de grandes extensiones de terrenos.
En el litoral Caribe la gente afrocolombiana ha hecho grandes aportes a la historia cultural de la región. En el periodo colonial fue esta población quien asumió la fuerza laboral de la sociedad desempeñándose como albañiles, empleados del servicio doméstico, bogas en el río Magdalena, fundidores de metales, artesanos y constructores de defensas y fortificaciones, pescadores de perlas, trabajadores mineros y labriegos en las haciendas agrícolas, ganaderas y de trapiche. Por otra parte fundaron poblados a partir del establecimiento de palenques. En la provincia de Santa Marta fueron reductos de resistencia La Ramada, Santacruz de Masinga y algunos poblados ubicados en cercanías de la sierra Nevada y en el valle de Upar. En Cartagena se conocieron los palenques de Betancour y Matutere, al norte; y los de San Miguel y Arenal, al centro, en la sierra de María.
Luego de la abolición hubo grandes desplazamientos de personas que buscaban de mejores condiciones de vida. En este periodo de la historia nacional los afrodescendientes también contribuyeron a la formación de las sociedades, es el caso de los braceros, quienes fueron la principal fuerza laboral en el negocio de las plantaciones de banano.
Hoy en día el litoral Caribe cuenta con un número significativo de población descendiente de africanos. El departamento del Magdalena ocupa el segundo lugar en cuanto al número de habitantes afrocolombianos, después del Chocó. Les sigue Bolívar, con aproximadamente 797.927 habitantes, cifra que representa el 66% de la población total. Córdoba cuenta con 801.324, lo cual significa el 59.2%. En Sucre hay 489.171 afrodescendientes, es decir, el 65.3%. El Cesar posee 421.749, que representan el 48.3% y La Guajira se reporta con 184.941 habitantes, que equivalen al 40.26%.
De igual manera, la población afrodescendiente en áreas urbanas es significativa; Barranquilla tiene 689.974 habitantes, en Cartagena habitan 598.307 y en Santa Marta suman 218.238.
En el departamento del Cesar se encuentran ubicadas aproximadamente setenta y cuatro localidades afrocolombianas, entre las que sobresalen por su alto número de habitantes El Paso, Astrea, Chimichagua, Chiriguana y Tamalameque. Asimismo, se destacan ciertas comunidades catalogadas como corregimientos, entre las que se pueden nombrar a Guacoche, Rincón Hondo, El Guaimaral, Vallito, La Loma, San Bernardo, La Aurora, Palenquillo, y Los Tupes. En Córdoba la presencia de estas comunidades es amplia. En primer lugar se deben destacar las localidades donde la población mayoritaria o total es afrodescendiente como Puerto Escondido, Puerto Libertador, Manitos, Canalete, San Bernardo del Viento, Sahagun y San Antero. También son de resaltar aquellas localidades en las que se nota un componente descendiente de africanos significativo como en Montería, Lorica, Cienaga de Oro, Chinu, Pueblo Nuevo, Purísima, San Pelayo, Tierra Alta y Valencia.
Las poblaciones afrocolombianas del departamento de La Guajira son: Riohacha, Barrancas, El Molino, Fonseca, San Juan del Cesar, Villanueva, Tabaco, Roche, Chancleta, Cañaverales, Camarones, Dibulla y El Hatico. En Sucre, la mayor parte de la población afro se concentra en San Onofre, Majagual, Buena Vista, Coloso, La Unión, Since, Los Palmitos, San Marcos, Sincelejo y Tolú.
En el departamento del Atlántico sobresalen Barranquilla, Baranoa, Galapa, Luruaco, Malambo, Puerto Colombia, Sabana Larga y Soleda. En Bolívar son de resaltar Cartagena, Barranca de Loba, Calamar, El Carmen de Bolívar, Magangue, Mahates, María La Baja, Mompós, Simiti, Turbaco y Turbana. Por último, en el departamento del Magdalena las comunidades afrodescendientes se concentran en Santa Marta, Aracataca, El Retén, Ariguaní, Ciénaga, El Banco, Fundación, Pivijay, Plato, Tenerife y Bahía Honda.
La forma en que los afrodescendientes se han ubicado en una zona u otra del territorio colombiano ha dependido de estrategias de emancipación o huída, poblamiento y establecimiento de comunidades libres en gran parte de la geografía nacional. Aun hoy en día, la apropiación de espacios por parte de los afrocolombianos se hace de manera espontánea y creativa, y responde a destrezas para la supervivencia física y cultural.
En el Departamento del Atlantico, estas comunidades las podemos encontrar en los siguientes territorios como:
Puerto Colombia, Barranquilla, Soledad, Galapa, Tubará, Malambo, Juan de Acosta, Baranoa, Sabanagrande, Polonuevo, Santo Tomas, Usiacuri, Piojo, Cienaga del Totumo, Palmar de Varela, Ponedera, Sabanalarga, Luruaco, Repelón, Embalse Guójaro, Candelaria, Manatí, Campo de la Cruz, Suan y Santa Lucia.
Las localidades afrodescendientes en el litoral Caribe se formaron a partir de núcleos de esclavizados africanos cimarrones donde los rasgos culturales de sus lugares de origen perviven con mucha fuerza. Otros poblados de la región, se han formando de un intenso proceso de mulataje, donde las huellas de africanía conviven con rasgos culturales provenientes de otras sociedades. Estas comunidades, hoy día, están ubicadas lo largo y ancho de las tierras costeras que van desde el golfo de Urabá al noroeste de Antioquia, hasta la península de la Guajira, incluyendo los departamentos de Sucre, Córdoba, Bolívar, Atlántico, Magdalena y Cesar. El paisaje se caracteriza por el inmenso mar Caribe que rodea la región, en el cual confluyen ríos, caños, arroyos, ciénagas y extensas áreas de humedales. Los climas que la constituyen son variados y se caracterizan por la gran diversidad de flora y fauna.
Por su parte, el departamento Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina esta compuesto por una vegetación exuberante de bosque tropical seco en su transición al bosque húmedo tropical. Las islas están pobladas por árboles maderables y mangles de varias especies. San Andrés, está cubierta por palmeras de coco y Providencia y Santa Catalina, por una flora variada y algunos sectores de bosques nativos. Además, hay plataformas, arrecifes de las Islas y Cayos, ricos en productividad biológica, aunque existe un área compuesta por aguas oceánicas desérticas y vacías.
La población afrodescendiente de las islas arribó en 1633 cuando un pequeño número de esclavizados fue conducido desde la Isla Tortuga, por los puritanos ingleses que se habían asentado con el propósito de crear una nueva sociedad de base religiosa calvinista dedicada a la producción agrícola; especialmente al cultivo del tabaco, caña de azúcar, índigo y algodón. Desde entonces su número creció en forma constante; traídos principalmente por piratas y contrabandistas. En la costa Pacífica, los afrodescendientes han poblado la mayoría de la región conocida como Chocó Biogeográfico. Allí, el proceso de mulataje ha sido menor que en el Caribe y el desarrollo de las vías de comunicación es aun hoy bastante precario. Estos rasgos han implicado que la región sea un lugar privilegiado para la manifestación y pervivencia de huellas de africanía. En cuanto al paisaje, la región comprende la franja costera, lluviosa y húmeda de los departamentos de Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño. Desde el punto de vista de su configuración geográfica y cultural, podemos identificar dos áreas diferenciadas, cuya única frontera es el cauce del río San Juan. La zona centro-norte se caracteriza por tener costas en ambos océanos y grandes cuencas hidrográficas, en las que los afrodescendientes realizan actividades de laboreo minero y pesca. La centrosur es un área de selvas húmedas y llanuras, atravesadas por diversos ríos que forman esteros y manglares.
En cuanto a las áreas de migración reciente se pueden identificar núcleos de población afrodescendiente en sitios marginales de ciudades como Cali, Medellín y Bogotá. Esta población pertenece a sectores que en distintos momentos de la historia nacional han tenido que desplazarse hacia las grandes metrópolis, debido a la intensificación de los conflictos o en busca de mejores condiciones de vida. La mayoría de inmigrantes se han venido estableciendo en zonas de alto riesgo, por su geografía empinada y de difícil acceso para la cobertura de servicios públicos.