MOVIMIENTO Y RITMO AFROCOLOMBIANO

Los cientos de miles de personas africanas que fueron desembarcadas en el puerto de Cartagena de Indias conocían el arte del cuerpo en movimiento. Para las sociedades de la costa occidental de África todo lo que tiene que ver con el cuerpo está cargado de un profundo valor simbólico y ritual. De ahí que los gestos, las posturas y las actitudes presentes en las danzas afrocolombianas se hayan constituido a partir de la herencia de un lenguaje complejo que aún está por descifrar. Desafortunadamente no existen estudios comparativos que nos permitan discernir de manera específica cuáles de los atributos gestuales y danzarios de los africanos sobrevivieron en cada una de las regiones del país a donde fueron llevados. Los analistas sólo ofrecen apreciaciones muy amplias acerca de estas particularidades.
Los movimientos de las danzas afrocolombianas marcan fronteras afectivas y estéticas, manipulan y distribuyen las fuerzas vitales, transforman la naturaleza en la escena, describen los itinerarios de la creación y la destrucción. Permitidos o censurados, los gestos danzarios afrocolombianos son símbolos que nos hablan de temas muy variados: las convulsiones del parto, los estados del alma, la alegría del matrimonio o del nacimiento, el goce sexual. Según las tradiciones africanas heredadas por los descendientes de los primeros esclavizados, el cuerpo en movimiento describe cuatro ejes corporales fundamentales que están presentes en todas sus danzas. Se trata del eje vertical, el plano frontal, el eje horizontal y el plano sagital. Estos ejes articulan la coreografía y la gestualidad de las danzas y están en relación directa con la manera como estos pueblos conciben la vida y la muerte. El gesto que se despliega en el plano vertical era y aún es considerado el gesto ideal: une las alturas del cielo con las profundidades de la tierra y determina la posición de los agentes benéficos y maléficos. En la mayoría de las danzas rituales africanas, el gesto positivo es dirigido hacia arriba: polo de la vida, el crecimiento y el poder. El gesto negativo es dirigido hacia abajo, lugar de la muerte, del caos y de la debilidad. De este modo, los gestos que indican levantar, lanzar al aire, alzar sobre los hombros, lanzar o atrapar objetos en un eje vertical encierran deseos positivos, de vida. El plano frontal es el plano del equilibrio que se traza en posición de pie, erguido, inmóvil, con los brazos tendidos a lo largo del cuerpo, los cuales reparten sus energías entre el lado derecho y el lado izquierdo. Dentro de esta forma de expresar con el cuerpo, el lado derecho es el lado de la fuerza, mientras que el lado izquierdo es el costado de la debilidad. En este caso el gesto frontal describe la relación fuerza-debilidad, en tanto que el eje vertical describe una relación entre lo benéfico y lo maléfico. El eje horizontal y los gestos que lo describen representan la superficie de la tierra, el espacio de la vida humana, desde donde parten todos los gestos y todos los símbolos que el ser humano requiere para vivir, protegerse y comunicar. Es el eje de referencia hacia donde el ser humano lleva toda su energía y desde donde puede ir hacia los demás para comprender el cosmos. El plano horizontal también es el espacio en el cual se mueven las dos extremidades del ser: el acoplamiento, que permite, mediante la procreación, la entrada en el mundo de los vivos, y la muerte, que representa la salida de la vida, simbolizado en un cuerpo extendido para siempre. Es por esto que el gesto que se circunscribe en un plano horizontal es considerado el gesto que une el universo subterráneo con el mundo aéreo. El plano sagital se traza entre el rostro y la espalda de la persona, representando así la relación delante-detrás, adentro-afuera, derechorevés. De frente se pueden hacer gestos para hacer progresar, para multiplicar. La espalda y todos los gestos que la evocan representan la intención de esconder, de proteger de las malas influencias y de las miradas odiosas, también quiere decir romper, interrumpir, manifestar la intención de no continuar. Esta sabiduría gestual cargada de simbolismos profundos llegó con los africanos que fueron deportados hacia el Nuevo Mundo. Sin embargo, muy pocas investigaciones se han realizado para comprender cuáles fueron los grados de transformación sufridos en medio del cautiverio. Tampoco existen estudios que relacionen las coreografías de las danzas afrocolombianas con las africanas, sean éstas pasadas o actuales. De cualquier manera es evidente que, en el ámbito de las festividades religiosas y profanas de los tiempos coloniales y republicanos, la danza, arte del cuerpo en movimiento, fue un espacio privilegiado para recrear estos lenguajes que hablan de la vida y de la muerte, de las encrucijadas de la existencia. En las sociedades africanas precoloniales la identidad y la cohesión política del grupo se afirmaban mediante las danzas ceremoniales o rituales. En el mundo colonial americano estas expresiones encontraron un lugar para su desarrollo en las danzas teatrales promovidas por la iglesia y el Estado con el fin de cristianizar a los esclavizados. Allí la gente africana y sus descendientes pudieron satisfacer sus necesidades individuales de expresión y dar forma y cohesión a los intereses de sus comunidades. No obstante, las circunstancias históricas hicieron que la distribución de la población africana no fuera homogénea en todo el país. En la costa Caribe parece haber predominado el mulataje y el zambaje. El primero se refiere a la conjunción de tradiciones europeas y africanas que se fortalecieron a lo largo de la Colonia gracias a las relaciones afectivas y sexuales que mantuvieron los hombres españoles con las mujeres africanas. El segundo se refiere al encuentro de las poblaciones indígenas de la región con la gente africana y con sus descendientes. Pero, por otro lado, tenían lugar las constantes fugas de esclavizados hacia los montes. Su relativa condición de aislamiento del mundo colonial y europeo hizo que el litoral Caribe también se constituyera en una región en la cual permanecen enclaves de acentuadas supervivencias africanas, como es el caso del Palenque de San Basilio o de Cartagena de Indias, que según los cronistas del siglo XVII era la ciudad más africana del Nuevo Mundo. En contraste, el litoral Pacífico presenta una relativa homogeneidad cultural debido a que gran parte de la población desciende de los esclavizados africanos importados a la zona para el laboreo de las minas de oro y para el trabajo de las haciendas. A diferencia de la gente esclavizada del Caribe, los que fueron llevados a trabajar en esta región tuvieron poco contacto con los europeos, pues estos no vivían en las selvas donde se desarrollaban las actividades productivas. De este modo, los habitantes esclavizados de las zonas selváticas en donde se explotaba el oro vivieron entre ellos y así forjaron sus familias, mientras que la gente africana que vivió en las haciendas, dedicada también a la agricultura, como en el caso del Caribe, entró en contacto con sus amos. Sin embargo, el llamado mulataje no parece haber sido predominante en el Pacífico, como sí parece haberlo sido en el Caribe. De ahí que prepondere la idea que el Pacífico colombiano es una región donde se registran mayores expresiones de africanía. No obstante, poco sabemos sobre todas estas diferencias y particularidades, pues son muy escasos los estudios que se han dedicado a comprender la historia cultural de los pueblos afrocolombianos. Empero, sabemos que en la época colonial la iglesia adoptó la danza teatral como medio para aumentar el fervor y la práctica religiosa. A la par prohibió a los esclavizados la celebración secreta de ritos y danzas africanas dedicadas a la adoración de sus dioses. En este contexto, las autoridades españolas se vieron obligadas a auspiciar reuniones de cautivos africanos bajo su tutela. En ellas se interpretaba y se danzaba música de tambor. Estos espacios se convirtieron en lugares de resistencia en los que se gestó una tradición de música, baile y celebración, íntimamente ligada a las formas de pensar el cuerpo de los ancestros africanos. La danza se convirtió así en una posibilidad de reencuentro con lo ancestral. Pero simultáneamente, la gente africana de los primeros tiempos de la Colonia empleó la danza como un lenguaje para manifestar sus sueños y temores por medio del ritmo, que era y sigue siendo el fundamento de su cultura. La sensualidad de los cuerpos danzantes abrió espacio para soñar con la libertad de expresarse individual y colectivamente. Así el carácter libertario y comunitario de las celebraciones engendró los nuevos bailes que hoy constituyen el repertorio de las danzas tradicionales afrocolombianas. Las herencias del África respecto al cuerpo en movimiento entraron en contacto con las expresiones danzarias de europeos e indígenas. Cada una de ellas aportó diversidad de elementos para conformar unas danzas afrocolombianas, mulatas y zambas. Su riqueza y variedad temática se deja ver en las festividades sagradas y en las fiestas carnavalescas de los litorales y del Archipiélago de San Andrés y Providencia. Allí se recrean con gran plasticidad el amor, el trabajo, los juegos, los rituales, los animales, la guerra y la historia.