ARNOLDO PALACIOS

Arnoldo Palacios nació en Cértegui, Chocó, en 1924. En 1949 publicó Las estrellas son negras, novela testimonio. Como el personaje de su obra, se evadió a Quibdó y más tarde intentó estudiar derecho en Bogotá. Precursor de la novelística de reivindicación social, que surgiría con fuerza en los años sesenta, ya vinculada a fenómenos más concretos de violencia política. Una de sus primeras novelas es La selva y la lluvia. Le siguen El duende y la guitarra, leyendas chocoanas, y Panorama de la literatura negra, que han sido publicadas en ediciones italiana y francesa. Su más reciente trabajo literario es ‘Buscando mi madre–de–dios’. Actualmente vive en París, pero nunca ha dejado de sentirse parte de su tierra chocoana. Palacios  para salir de su natal Cértegui, el municipio chocoano que fue corregimiento hasta el año 2000, fue necesario un consenso familiar del que participaron sus siete hermanos, sus padres, familiares más lejanos y hasta los vecinos. El padre fabricó las muletas y entre la familia se reunió el dinero para enviarlo a Quibdó. Arnoldo Palacios acababa de cumplir quince años cuando llegó al colegio Carrasquilla a iniciar el bachillerato. En Quibdó no se detuvo y en 1942, un año más tarde, estaba en el Externado Nacional Camilo Torres de Bogotá. Palacios sostiene que la capital no lo sorprendió y que la encontró fría de gentes, como una invitación permanente a estar encerrado. Cuando se está frente a él y no se le conoce, no se puede uno imaginar que en esa humanidad tierna, pequeña y golpeada por la vida, se esconde una de las mentes más sabias y de las plumas más sensibles de la literatura. Con un discurso pausado, lleno de dichos y que se interrumpe con carcajadas de sentimiento afro, el maestro Arnoldo Palacios va contando sus inquietudes por escribrir sobre su Chocó y sobre su Pacífico; cuenta como su primera novela se quemó integra en los sucesos del 9 de abril y que tuvo que re-escribirla en quince dias siendo después uno de los mayores exitos de la literatura afro: "Las Estrellas son Negras". Luego nos cuenta que la esencia del libro es que se escribe para ser leido y no tanto para ser vendido... que quienes venimos intentando plasmar nuestro pensamiento a través de la literatura, primero tenemos que asegurarnos de hacer la tarea: escribir, lo otro vendrá por añadidura. Finalmente nos aconseja que no nos separemos de nuestros entornos sociales, afros o no afros, que estemos al lado del hombre y la mujer que lucha por tener una vida digna y que refeljemos toda esa fuerza y ese amor en cada párrafo de lo que escribamos. Definitivamente, un maestro de maestros. Su literatura, historia de vida y temas de conversación son, casi todos, ásperos; pero su mirada, expresión y gestos son dulces y festivos. Los reclamos acumulados los tramita sin odios ni rencores. Sus demandas no son agresivas ni amargas, solo peticiones justas por la falta de inclusión y equidad social. El secreto de su armonía podría radicar en que ha hecho en su vida lo que ha querido: escribir y leer, a pesar de premuras económicas; y en que incluso en las situaciones más difíciles ha encontrado ángeles protectores. La mañana en que se enfermó estaba bañándose en el río de Certegui, pequeño poblado aurífero donde nació, con su hermana mayor y sus amigos. Ese día lo evoca con tristeza. "Un impacto enorme, que recuerdo de manera nítida". Al terminar el baño, no se sintió con fuerzas y su hermana lo cargó, como casi siempre lo hacía. Luego, su madre lo llamó varias veces para almorzar y no se pudo incorporar. Algo grave le estaba pasando. La noticia recorrió las cuatro calles polvorientas del pueblo y, sin que los vecinos iniciaran la siesta, ya se sabía que él y otros dos niños tenían polio: la vacuna protectora no existía. Esto fue a lo mejor a lo que lo llevo a dedicarse a la escritura desde sus dos años en adelante, ya que la poliomielitis habia atacado sobre todo sus piernas y músculos motores, Entonces, tuvo que permanecer mucho tiempo sentado y  eso le enseñó a meditar y a observar, porque el tenía que ver todo lo que pasaba, y sobre todas las cosas el quería sentir todo lo que ocurría a su alrededor; creo que eso, más tarde, pudo influir en que él se dedicara a escribir. Además de eso, a pesar de que vivía en un pueblo cuya mayoría era analfabeta, tenía unos tíos que leían mucho, habían aprendido a leer y a escribir. Su madre le decía que su abuelo había sido educado por un cura, seguramente cerca de la esclavitud todavía, y que en las fiestas cuando estaba contento hablaba en latín; otro tío era poeta, tuvo un primo artista, escultor y pintor, de una capacidad de creación extraordinaria, él siempre andaba con él. En su casa, encararon la adversidad con todo tipo de remedios caseros y con la visita a curanderos próximos y lejanos. Luego, lo llevaron a Itsmina y Andagoya, donde se asentaba una compañía estadounidense con un hospital que contaba con todos los adelantos científicos. Uno de los médicos calmó a su madre diciéndole que como era muy pequeño, en 20 años la medicina habría avanzado y seguro habría cura. Nunca le llegó, pero sí un paliativo. A los 22 años, en una calle de París, por el bulevar Montparnasse, una noche en que caminaba con gran dificultad, con sus muletas de palo que le hacían daño, un automóvil se detuvo y de él descendió un hombre mayor que le hizo algunas preguntas y lo invitó a verlo al día siguiente. Ese ortopedista lo operó gratis, le facilitó caminar y le devolvió fuerza a la pierna derecha, la más lesionada. Otros dos episodios casuales, en su época de estudiante en Bogotá, le devolvieron a Arnoldo Palacios la seguridad y confianza robadas por su enfermedad. En los corredores de la Radio Nacional, esperando hablar con el director o con alguien que le diera trabajo para terminar su bachillerato, se encontró con Matilde Espinosa de Pérez, quien haciendo gala del apodo que llevaba con orgullo, 'camarada ternura', conversó con él y, al verlo tan desprotegido y pasando tanta penuria, lo invitó a su casa en el barrio Teusaquillo, no solo para que estudiara y leyera en la nutrida biblioteca de su esposo, el abogado Luis Carlos Pérez, sino para compartir con sus dos hijos, estudiantes también del Camilo Torres. "Encuentro que fue fundamental", comenta Arnoldo. De ahí que no sea gratuita la dedicatoria a la poeta en su gran libro Las Estrellas son negras. Este libro casi no ve la luz, porque el 9 de abril quedó convertido en cenizas en el edificio García Cadena, donde funcionada el Ministerio de Educación, adonde Arnoldo Palacios llegaba a mediodía a pasar el manuscrito a máquina, gracias al poeta Carlos Martín, Secretario General, que le permitió ir de 12 a 2 de la tarde y después de las cinco. No lloró ni gritó. Contó el hecho a sus amigos del café Automático, quienes se solidarizaron con el joven chocoano. Sería el educador y amigo entrañable, Antonio Cardona, quien lo retó para que se sentara a reescribir de inmediato la historia, a riesgo de perderla para siempre. "Aproveche que ahora hay toque de queda y no se preocupe por la subsistencia, que le consigo un sitio en La Candelaria, donde trabaje tranquilo". La historia de Irra, personaje central de Las estrellas son negras, quedó reescrito en tres semanas. "Busqué al editor Clemente Airo, le entregué el manuscrito. Me fui para Quibdó, cuando regresé, ocho meses después, me sorprendió con el libro impreso, pero sin carátula. Zapata Olivella me aconsejó que buscáramos al pintor Alirio Jaramillo, quien hizo un dibujo de una joven negra, en medio de la selva. No tengo ningún ejemplar de esa bella y accidentada edición". En la revista Arcadia, el periodista Alfonso Carvajal escribió: "Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios, marca varios hitos en nuestra literatura. Es una importante novela, escrita antes de Cien años de soledad y La tejedora de coronas, que pasó desapercibida porque en la época en que fue publicada (1949) el mundo editorial colombiano era precario..." A pesar de esa precariedad, el libro fue reseñado por José María Restrepo Millán, rector del Camilo Torres, hubo muchas otras reseñas que salieron en el periodico El Tiempo que gracias a ellas, el joven chocoano pasó a tener mayor notoriedad en el ambiente intelectual y político, en el que no era extraño, pero carecía de obra que lo respaldara ante insignes escritores y poetas. Tal vez por ello una beca para hacer estudios literarios por tres años a Francia, destinada al departamento del Chocó, le fue otorgada sin discusiones. Los términos "negro" "afro colombiano", "negritudes" o "minorías étnicas", no se utilizaban. Se fue en barco y la travesía le pareció rápida y espectacular, porque el privilegio de conocer la cuna de Víctor Hugo, uno de sus autores preferidos, no le permitía sino sensaciones agradables. Y ahí se quedó. Se casó, tuvo cuatro hijos y continuó escribiendo del Chocó y sus gentes. Siempre de la escasez y la privación. Pero, también, siempre del esplendor y belleza de una región rica en recursos naturales, expoliada por malas administraciones que han saqueado sus recursos y se han aprovechado de ellos. En 1998, el recién creado Ministerio de la Cultura le rindió un homenaje público en la Feria del Libro, primero y único que ha recibido en su vida, que incluyó la tercera edición de Las estrellas son negras. Su nombre reapareció en letras de molde y por unos días se volvió a saber de su vida. Una vida que está recreando en la que será su biografía, no autobiografía porque ha logrado colocarse como voyer y narrar desde fuera todo lo que ha grabado en su mente de escritor, más de realidades que de ficción. "Me veo como un individuo independiente y tengo recuerdos desde los dos años. Siempre me ha interesado la observación, conocer gentes, tener amigos y conversar. Gracias a la literatura he tenido más conciencia de los problemas, mi deber es mostrar la situación social y ayudar a encontrar caminos. Hoy los negros, como yo, andamos con la frente en alto por el triunfo de Obama, quien nos ha permitido la posibilidad de brillar con él, ojalá que sea por siempre". Un brillo como el de Las estrellas negras que lo acompañan en las noches en las que él trabaja hasta las seis de la mañana, escribiendo a mano, con un buen estilógrafo, para luego pasar al computador. "Siempre peleando con él y temeroso de que se me vaya a borrar y a desaparecer, como me sucedió en el año 48" Las estrellas son negras Es un libro que trata de la vida del Chocó, en el cual viven hombres que vienen de Africa, que han constituido una especie de país, una nación junto con el aporte español e indígena. El tenía veintitrés años, más o menos, cuando escribió “Las estrellas son negras”. El libro, ya listo para ser llevado a un editor, se quemó el 9 de abril de 1948, cuando el pueblo de Bogotá, el pueblo de Colombia, se lanzó a las calles a reclamar justicia por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Ese día hubo muchos incendios. El tenía el manuscrito al lado de una máquina de escribir, sacándolo en limpio, el verdadero manuscrito, escrito a mano, y las páginas que  iba copiando a máquina al lado. Siempre dejaba todo junto y en uno de los edificios de la Avenida Jiménez, en donde  escribía, un incendio acabó con el libro. Aprovechando el toque de queda; que no se podía salir por la noche y deseoso de que el libro existiera, se puso a reconstruirlo y, en realidad, lo hizo en tres semanas, porque si no lo hacía inmediatamente no hubiera podido existir. Algunos le preguntan que si quedó mejor que el primer manuscrito. Una vez terminado, se fué a buscar al señor Clemente Airó, que trabajó mucho por la publicación de obras literarias en su Editorial Iqueima. Le llevó el libro, y le dijo: Clemente, aquí le dejo esto, léalo y cuando tenga su opinión me dice, y vemos qué se hace. Se fué  para el Chocó, a Buenaventura; estuvo, como siempre, investigando sobre la vida de la gente y como a los seis meses  volvió a Bogotá. Fué a visitar a Clemente Airó y lo saludo, y le dijo: “espéreme un momentito”; se fué como a llamar por teléfono o a hablar con alguien, inmediatamente salió y le dijo, ya el libro está editado, le pareció interesante, sólo faltaba la carátula… Buscó  con sus amigos al gran pintor Alipio Jaramillo, quien hizo la carátula, salió el libro y como en una semana se acabó, y a los tres meses ya estaba en París. Esa es la historia del comienzo de Las estrellas son negras. En el Chocó ha sido bien recibida su obra, y podemos decir que la forma como el Chocó lo recibió estuvo a la altura de la que se hizo aquí en la Feria Internacional del Libro, en presencia del Presidente de la República y del Ministro de Cultura. Sobre todo que se manifestaba más que la admiración y la alegría de que los chocoanos se sentían identificados con esto, el deseo de leer, y también de mostrar muchos sus trabajos literario. La literatura AfroColombiana escrita no es reciente. Desde los albores de la República ha estado presente en el universo de las letras nacionales. Sin embargo, la invisibilidad a la que han sido sometidas sus manifestaciones artísticas, culturales, deportivas y políticas, entre otras, no ha permitido que la nación las reconozca y las incluya con dignidad como parte del acervo cultural.

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