TRADICIÓN ORAL Y LITERATURA EN LAS COMUNIDADE AFROCOLOMBIANAS
Publicado por: admin in Historia, OpinionLa diáspora africana ha sido una de las protagonistas en la construcción del acervo literario colombiano. Desde la llegada de la gente africana a Cartagena de Indias, la voz sagrada y profana de los esclavizados dialogó con las lenguas indígenas y europeas. Este destino de encuentros moldeó universos de creación en los cuales refulge el despliegue poético y narrativo de la palabra escrita, dicha, cantada o recitada. En la literatura y la tradición oral afrocolombianas centellean memorias de África recreadas en suelo americano. Según Nina S. de Friedemann, las literaturas afrocolombianas conservan el legado ancestral de valores que aluden al ser individual y al ser colectivo. Entre ellos se destaca el profundo amor por la palabra. Según esta misma autora, el cuentero y el decimero, los rezanderos y las cantadoras rememoran al griot africano, relator de cosmovisiones, de historia y genealogías, de sabidurías sagradas y profanas. En muchos lugares de Colombia, especialmente rurales, estos personajes mantienen halos similares a los de otros en culturas afroamericanas en donde la palabra es además escalera para trepar al mundo de las divinidades, como lo hacen los macumberos del Brasil o los santeros de Cuba.
Entre las culturas afrocolombianas, los velorios de los santos, las novenas para los muertos, las luminarias y muchas otras celebraciones sagradas y profanas son ámbitos culturales de evocación de memorias ancestrales mediante la puesta en escena de la palabra. En 1948, Rogerio Velásquez, antropólogo y escritor chocoano, inició la búsqueda de la expresión tradicional de su propia gente. Sus escritos dejan ver la complejidad de la narrativa y de la poética, de los símbolos y significados, de los personajes y situaciones que expresan una vigorosa influencia africana, toda ella enmarcada en el ritmo del habla y en la teatralidad de la expresión.
A pesar de los horrores de la trata y de la travesía transatlántica, las imágenes de las deidades, los recuerdos de los cuentos de los abuelos y los ritmos de las canciones y poesías atravesaron el océano aferrados al alma de los cautivos. Este saber social y cultural floreció de nuevo en la otra orilla de ese mar que los vio llorar sus desdichas. Esta presencia de África en Colombia se percibe de manera privilegiada en la literatura y en la tradición oral de los pueblos que descienden de esos primeros africanos que llegaron a este territorio. De Friedemann refiere que también en los chistes y adivinanzas, como en los escenarios de parodia o en cuentos de embusteros, embaucadores y pillos, aparecen personajes de claro origen africano. Tal es el caso de Anansi, Anansito o Miss Nansi, un personaje de la tradición akán, que pervive en el relato oral de la gente de San Andrés y Providencia y en las selvas del Pacífico. Se trata de una araña famosa que adopta formas y comportamientos humanos. Estas transformaciones también ocurren con otros animales que pueblan las leyendas de los pueblos afrocolombianos. Entre los más destacados están los tigres, conejos, tortugas y culebras. A Anansi se la conoce como una héroe cultural de la antigua Costa de Oro; de Tortuga se sabe que era famosa en la antigua Costa de los Esclavos; a Conejo lo identifican como originario del Congo y Angola. Es decir, regiones todas de donde llegaron numerosas personas al puerto de Cartagena de Indias, procedentes de las culturas yoruba de Nigeria, akán de Ghana y songo el África central.
Según De Friedemann, antropóloga colombiana que dedicó su vida al estudio de estas culturas, existen testimonios que aluden a la manera como la fauna africana pobló las selvas y costas colombianas. Ella refiere que en el pueblo de Beté, sobre el río Atrato, con ocasión de un velorio, uno de los parientes del finado, relató cómo, muy cerca del lugar del velorio, los tigres se habían enfrentado con los leones porque tío Conejo había azuzado a tío Tigre jefe con el cuento de que en esa selva había hombres con más hombría porque mataban a su presa de frente y allí mismo se comían la carne viva; no la cogían a traición, no eran cobardes; eran leones de fino pelaje y fina cintura.
Es necesario aclarar que estos profundos y antiguos legados de África en Colombia sólo pueden ser comprendidos si tenemos en cuenta los procesos de adaptación y transformación que desarrollaron en el marco de la resistencia a la esclavitud en América. La creatividad y la capacidad de innovación hacen de estos relatos testimonios vivos de complejas fases de creación y recreación cultural de los descendientes de la gente africana en nuestro país. Es innegable que los contextos y los ecosistemas en los cuales los narradores orales y escritores afrocolombianos de hoy se desenvuelven no son los mismos que vivieron sus ancestros en África. Sin embargo, más allá de los contenidos ideológicos y de los ambientes, pervive la fuerza de la palabra que la convierte en un vehículo de comunicación sagrado, siempre ligada a las memorias ancestrales. Por otra parte, ha permanecido la particular teatralización de su puesta en escena. La expresión corporal que acompaña siempre la enunciación de relatos, cuentos, mitos o poemas es otro de los legados, cinéticos en este caso, de África a la cultura afrocolombiana y colombiana en general.
Durante el siglo XIX afloraron en Colombia numerosas obras de las cuales los descendientes de la gente africana fueron protagonistas o autores. Eustaquio Palacios, Tomás Carrasquilla y Jorge Isaacs encontraron fuente de inspiración en individuos de origen afrocolombiano y los transformaron en personajes de sus escritos. En 1877 un nativo de Mompox, Candelario Obeso, se convirtió en el primer poeta afrocolombiano en publicar un libro: Cantos populares de mi tierra. A lo largo del siglo XX muchos otros tomaron la pluma para narrar sus experiencias, sus sueños y la condición social de su pueblo.
LOS AFROCOLOMBIANOS EN LOS ESCRITOS CIENTÍFICOS DEL SIGLO XIX
A principios del siglo XIX tuvo lugar uno de los mayores acontecimientos científicos del país:
Desafortunadamente, esta óptica no hizo más que fortalecer una imagen de amoralidad de los descendientes de los africanos durante el periodo de
El determinismo de las zonas climáticas, propio del pensamiento científico de principios del siglo XIX, contribuyó a consolidar imágenes negativas acerca de los descendientes de los africanos en Colombia. Clichés como los anteriores han contribuido a fortalecer argumentos de discriminación hacia estos pueblos.
En la segunda mitad del siglo XIX se desarrolló
No es la falta de sociedad, no es la escasez de recursos de toda clase, no es lo riguroso e ingrato del clima […] ni aquella atmósfera pesada, cálida, recargada de miasmas y de insectos; nada de eso es lo que más y principalmente acongoja el ánimo del que llega al Chocó, no en busca de oro, sino a estudiar, además de la naturaleza allí tan espléndida y tan rica, el estado del hombre en aquellas tierras. Lo que más contrista desde que se ve al primer habitante, es la salvaje estupidez de la raza negra, su insolencia bozal, su espantosa desidia, su escandaloso cinismo.
Según De Friedemann, estas imágenes, más pasionales que racionales y menos científicas que reales, fueron las que persistieron a lo largo del todo el siglo XIX, cuando se consolidaba
POETAS Y ESCRITORES AFRODECENDIENTES
La literatura escrita afrocolombiana no es reciente. Desde los albores de
Tal es el caso del escritor Arnoldo Palacios, quien, en 1949, publicó Las estrellas son negras, obra que, pesar de sus cualidades, pasó desapercibida hasta 1971, cuando fue reeditada en una versión popular. Finalmente, en 1998, el Ministerio de Cultura hizo un reconocimiento de su valor literario.
Algo parecido le ha acaecido a Zenel , nacido en Arroyo Grande, cerca de Cartagena. En la década de 1950, mientras estudiaba derecho en Bogotá, publicó varios cuentos en las separatas literarias de los periódicos capitalinos. Hoy, más de cuarenta años después y tras haber hecho una carrera como juez, sigue buscando la manera de difundir su obra. Uno de sus primeros libros se llama Negroserías y fue impreso en 1993.
Otros escritores han tenido mejor suerte, pero ello ha sido gracias a que resulta imposible ignorar el peso de sus opiniones, de sus trabajos y de lo que representan para la conciencia nacional. El ejemplo más elocuente es Manuel Zapata Olivella, quien ha cimentado con su trabajo de antropólogo y escritor un gran prestigio que emana de la autoridad de su palabra, de su labor intelectual y producción literaria, pero también de su capacidad y conocimiento como crítico. Se le considera una de las expresiones vivas más importantes de la gente afrocolombiana. Ha sido un incansable divulgador y defensor de los valores culturales, sociales, políticos y artísticos de su pueblo. Se ha destacado tanto en ámbitos nacionales como internacionales.
Hoy en día, por fortuna, ha crecido el número de poetas, novelistas y ensayistas que, desde su cultura, enriquecen el panorama literario de la nación. Generaciones nuevas de escritores de alta calidad artística plasman el sentir y las historias de sus terruños, bien sea del Chocó, de San Andrés o de la costa Caribe. Lenito Robinson y Alfredo Vanín Romero, para nombrar solamente a dos, son un ejemplo que nos permitiría ilustrar a las nuevas generaciones.
Candelario Obeso
Uno de los escritores y poetas colombianos más connotados del siglo XIX, nacido en
Su interés por las letras fue de la mano de los idiomas: aprendió francés e italiano; tradujo del inglés a poetas como Byron, Tennyson y Longfellow, y piezas como Otelo, trabajo de impecable factura, según la calificación de sus contemporáneos.
Entre sus obras pueden señalarse Lecturas para ti, La familia de Pigmalión (novela), Secundino, el zapatero (comedia) y Cantos populares de mi tierra (poesía), que incluyen los cantos a los bogas del río Magdalena:
Allí tengo malibú,
ajtromelia i azajá;
tengo lirio güeleroso
i jamín e malabá;
en cosa re golosina,
tengo un grande nijperá,
cocos, cirgüelo, naranjos,
un no vijto plataná.
Jorge Artel
Este escritor y poeta nació en Cartagena el 27 de abril de 1909. En 1945 se tituló como abogado de
Los temas de sus escritos están relacionados con las vivencias de su tierra y de sus habitantes. Según Luis María Sánchez, Artel es un cantor de la alegre tristeza en versos populares y humanos, en sus composiciones vibran el dolor y la protesta; el lenguaje de los bogas, las olas, las costas y los ríos se vuelven sonido y color de sombra en sus palabras; en ellas tiembla toda la sensualidad y se agita el lirismo de su cultura. Su validez lírica se refleja en los poemas Velorio del boga adolescente y Ahora hablo de gaitas.
Publicó libros de poemas, entre los que se destacan Tambores en la noche (1940), Poemas con bota y bandera (1972), Sinú, riberas de asombro jubiloso, Coctail de estampas y Antología poética (1979). Otras de sus obras fueron De rigurosa etiqueta (drama) y No es la muerte… es el morir (novela, 1979). Falleció en 1994.
Velorio del boga adolescente
Desde esta noche a las siete
están prendidas las espermas:
cuatro estrellas temblorosas
que alumbran su sonrisa muerta.
Ya le lavaron la cara,
le pusieron la franela
y el pañuelo de cuatro pintas
que llevaba los días de fiesta.
Hace recordar un domingo
lleno de tambores y décimas.
O una tarde de gallos,
o una noche de plazuela.
Hace pensar en los sábados
trémulos de ron y de juerga,
en que tiraba su grito
como una atarraya abierta.
Pero está rígido y frío
y una corona de besos
ponen en su frente negra.
(Las mujeres lo lloran en el patio,
aromando el café con su tristeza.
¡Hasta parece que la brisa tiene
un leve llanto de palmera!)
Murió el boga adolescente
de ágil brazo y mano férrea:
nadie clavará los arpones
como él, ¡con tanta destreza!
Nadie alegrará con sus voces
las turbias horas de la pesca.
¡Quién cantará el bullerengue!
Manuel Zapata Olivella
Manuel Zapata Olivella es un médico, antropólogo y literato de prestigio, comprometido con la causa de la valoración de la cultura afrocolombiana.
Producto de su dedicación, en años recientes ha realizado numerosos trabajos y ensayos relacionados con aspectos artísticos, literarios, culturales y sociopolíticos de las comunidades afrocolombianas. Entre ellos sobresale Las claves mágicas de América (raza, clase, cultura), publicado en 1989, en el que sostiene que existen formas veladas de discriminación y que hay una cierta coincidencia entre el dominio de clase y el étnico.
Los ensayos y trabajos de Zapata Olivella tienen el mérito de hacer un constante llamado al reconocimiento de los aportes de las comunidades afrocolombianas a la identidad cultural de la nación, con el fin de que cada uno de los colombianos considere suya la raíz africana que hace parte de nuestra identidad.
Su producción literaria ha tenido éxitos continuos, como lo atestiguan dos de sus reconocidas novelas: Chambacú, corral de negros y Changó, el gran putas.
La plazoleta apretada de hombres y
mujeres. Revoltijo de polleras, franelas
sudadas y pies descalzos. La misma
expresión de ansiedad repetida. La furia en
los ojos. Jamás se juntaron tantos en la isla.
Los más se habían quedado en sus casuchas
indiferentes a su suerte. Chambacú o la
sepultura, todo les era igual. Estaban allí los
apaleados, los negros recién venidos de Barú,
Palenque, Malagana y María
quienes la policía, esa mañana, desbarató
sus techos. Las madres abrazaban a sus
pequeños con mirada vacía por el hambre.
Los varones, sin el hacha y el machete,
no sabían qué hacer con sus brazos.
Escuchaban a Máximo: “Nos
defenderemos”…
“La batalla”
(Fragmento de Chambacú, corral de negros)
Alfredo Vanín Romero
Representa una de las generaciones de escritores afrocolombianos del último cuarto del siglo XX que, a pesar de la falta de apoyo, han persistido con tenacidad en el doble propósito de ser escritores e investigadores de la realidad social y cultural que rodea a las comunidades del Pacífico colombiano.
Nació en noviembre de 1950, en la ribera del río Saija, cerca al municipio de Timbiquí (Cauca). Desde muy joven se convirtió en un apasionado y comprometido con la causa de la cultura afrocolombiana. Se ha desempeñado como escritor, periodista, investigador y profesor, disciplinas desde las cuales se ha preocupado por ahondar en las raíces africanas de la colombianidad. De esa labor prolífica han resultado varios trabajos literarios y de recopilación de tradición oral, entre los que se destaca la compilación El príncipe Tulicio. Cinco relatos orales del litoral Pacífico, publicado en 1986 en Cali, obra que había sido precedida por su interesante novela Otro naufragio para julio, publicada en 1983 en Cali; por un libro de poemas titulado Alegando que vivo, publicado en 1976, en Popayán; y por Mitopoética de la orilla florida. En la actualidad dirige la revista Pájaro del agua.
Zarzamora
Quise incitar el largo convite
de tu risa
negar el río sojuzgado
y entrar en las ardientes materias
de la gracia
me apresuré buscando fuego
incienso que atesoran los camaleones
centellas de unicornio no doblegadas a la hora
del león rampante
y traviesos veleros
robados a viejos pescadores del golfo
para acrecentar los festines de la madreperla.
Y he aquí que arpías y boleros
pregonaron la fama:
las mercenarias galerías cobijaban ahora
tus deleites
el viento destilaba un espeso alquitrán
y en tu deriva hembra
se marchitaban los dragones
dignos por lo demás de ciertos ecos.
Entonces sepulté mis navíos
aplacé para otras lunas la navegación del
hechizado
y entoné cánticos de alabanza
a las discordias del fauno que se queda ciego.
Lolia Pomare-Myles
Nacida en San Andrés, Lolia ha desarrollado un trabajo importante de divulgación de la cultura angloafrocaribeña. La actividad cultural que realiza tiene como propósito impedir que desaparezca la tradición de la narrativa oral raizal. Investiga las expresiones de narrativa, cuenta las historias, difunde entre los nativos sus hallazgos y educa a las nuevas generaciones enseñando la riqueza y la vigencia del pasado en el presente de estas expresiones literarias. Coordina programas culturales y participa en concerts, eventos que antiguamente tenían una estructura y unos propósitos comunitarios.
Al igual que su abuelo, continúa la tradición de narradora de historias en un programa radial en el cual presenta a exponentes de la cultura isleña, charla con sus invitados, cuenta relatos y adivinanzas populares, da recetas para platos típicos y presenta música isleña y caribeña, en un esfuerzo por mantener viva la cultura raizal de las islas.
La próxima cosa que quise saber
era qué iba a hacer mi madre con el
cordón umbilical del niño porque, todos
los días, cuando bañaba al niño,
limpiaba el cordón con un pedazo de
algodón. Luego, cuando se cayó el cordón, yo
escuché que le dijo a mi papá: “Tienes que
traer un cocotero joven y fuerte para poder
sembrar el cordón umbilical”.
Y pregunté: “¿Sembrar el cordón
umbilical?”. Ella contestó: “Sí, siempre que
nace uno de ustedes, sembramos el cordón
umbilical debajo de un cocotero. Envuelvo el
cordón en un pedazo de tela de algodón y le
digo a tu papá que traiga el cocotero. Él va
por el cocotero, cava un hueco y lo siembra
junto con el cordón umbilical”. […] Como yo
necesitaba saber rápido, fui adonde mi
abuelo. Él me dijo: “Cuando se siembra el
cordón bajo un árbol, así como crece el árbol,
alto y recto, así será el hombre o la mujer
sanandresano. No crecerá enfermizo, sino
alto y fuerte, y en la vida será temeroso
de Dios, fructífero y bondadoso, de
espíritu amante con los vecinos y con
todo el mundo”. Por eso todo isleño,
tanto de San Andrés como de
Providencia, siembra el cordón
umbilical bajo un cocotero, un árbol de
limón, un árbol de pera u otro árbol
frutal.
“El cordón umbilical y el árbol de la vida”
(Fragmento de Nacimiento,
vida y muerte de un sanandresano)
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Autor: Ortiz, Lucía (ed.)




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